El deseo o la dimensión social de la tecnología

Juan Martín Prada

 

 

Las máquinas eróticas imaginadas y descritas por Sade, las de Picabia y Duchamp en una interminable parade amorouse o la máquina burocrática de Kafka, entre otras, son el trasfondo de la concepción de vida de Deleuze-Guattari. La máquina aquí no es una metáfora. Una metáfora presupondría un cierto territorio, donde efectuar el traslado que ella significa, el exilio que supone. Por el contrario, lo maquínico produce espacio, crea territorio. Pero éste es siempre un espacio entre medias, el producto de un interminable devenir, el microespacio entre los engranajes, ese espacio en el que el bruisement de la langue se produce, el susurro de una máquina perfectamente ajustada. Susurro del placer como engranaje de la máquina, euforia de su buen funcionamiento, que Barthes ejemplificara en la entrega de los jugadores de Pachinko a las máquinas tragaperras, al transcurrir del juego, ese tremendo susurro de bolas y palancas que significa que hay algo colectivo que está funcionando, el susurro como el ruido del goce plural.

 

Sin embargo, el deseo no es deseo de la máquina. La máquina misma es el deseo. Un deseo que fluye de sí misma, que nunca se detiene. El deseo es un ensamblaje, con los engranajes y con los componentes propios de la máquina, con el poder propio de la máquina. El deseo como poder, como plenitud, como ejercicio y funcionamiento: “el deseo que uno tiene por el poder es sólo su fascinación por esos engranajes, su deseo de hacer que ciertos de esos engranajes se pongan en operación, ser él mismo uno de esos engranjes, o, por deseo de algo mejor, ser el material tratado por esos engranajes, un material que es un engranaje en su propia forma”[1] . La máquina técnica para el Deleuze de La proliferación de las series toma a los hombres y las mujeres convirtiéndolos en parte de sus engranajes. De cada estado de la máquina fluyen las divisiones entre opresor y oprimido, represor y reprimido. Todos los engranajes de la máquina constituyen la burocracia como deseo, entendida como un ejercicio del ensamblaje mismo. Esto explica porqué las tecnologías, como para Foucault los aparatos de poder-conocimiento, están localizados “justo dentro de las profundidades de la sociedad”[2] .

 

De aquí que la dimensión social de la técnica sea su propia definición. Una dependencia inmediata, interna e inherente a cualquier concepción de máquina técnica que el desarrollo y proliferación de las nuevas máquinas informacionales ha hecho aún más explícita. Si una máquina técnica lo es sólo como máquina social[3] es imposible desligarla, como propusiera Deleuze, del ensamblaje social que ella misma presupone y que, en última instancia, es el que únicamente podría ser definido como maquínico[4] . Un ejercicio, en definitiva, del deseo como funcionamiento. Por ello, no avisaba, “una máquina de escribir sólo existe en una oficina. La oficina sólo existe con sus secretarias, sus directores de sección, y sus jefes, con su distribución social, política y administrativa, y también con su administración erótica, sin la que nunca habría habido ninguna ‘técnica’”[5] . No olvidemos que, para Deleuze, la máquina técnica es “el medio entre dos sujetos”[6] .

 

El hecho de que la máquina técnica presuponga un ensamblage social maquínico introduce otro punto de extrema importancia: el ensamblaje maquínico del deseo es también el ensamblaje colectivo de la enunciación. Fin con ello de toda posible subjetividad e individualidad humanas. Fin del individuo, afirmación nuevamente paralela a la de Foucault, para quien las estrategias de conocimiento/poder y las tecnologías del cuerpo serían intencionales pero nunca subjetivas.

 

Según Deleuze, el enunciado (enonce’) puede ser uno de sumisión, o de protesta, pero siempre es parte de la máquina. No hay enunciados individuales, sólo ensamblajes maquínicos productores de enunciados. No hay enunciación individual. No hay ni siquiera un sujeto de enunciación. Ésta sería la razón por la que las obras de Kafka están siempre en la relación entre la máquina técnica y el enunciado jurídico, o, más bien, creando una reunión de ellos dos en un solo ensamblaje.

 

Hoy la economía política es ya economía libidinal, dinámica del deseo. El sujeto es un elemento periférico, rotatorio, en torno a un centro habitado ya sólo por el placer y la ansiedad. Placer como el entregarse al funcionamiento tecnológico, un rendirse al arrastre, como un engranaje más que se pone en rotación acompasada, y que adquiere su punto más álgido dentro del fluir de lo medial. El zapping, o el perderse en Internet como entretenimiento no es la acción de la fractura de la linealidad necesitada por el discurso, sino la de su verdadera continuidad, el verdadero gesto de la desaparición y de la renuncia al sentido, el definitivo gesto del abandonarse activo. Es esa continuidad la que mejor permite la consecución de la deseada indiferencia o de la detención del pensar, con su correspondiente dinámica (el movimiento no sigue ninguna particular trayectoria, no persigue ninguna negociación), y que, en su conjunto, constituye, seguramente, la más alienante modalidad de expectación.

 

No es cierto que hoy sea posible afirmar, desde la creciente y continua conexión de intereses y actividades, que los seres humanos se relacionan, fundamentalmente por sus objetos de deseo. En realidad, nuevas prácticas y dinámicas de deseo (y no nuevos objetos de deseo) son las que imponen nuevas formas de relacionalidad. Muchos se aman amando a la máquina común.

 

Las nuevas máquinas con las que participamos de las nuevas redes de telecomunicación no son tanto nuevos objetos de deseo (al que no corresponderían en ningún caso (“objetos del deseo sin deseo” según Baudrillard[7] ) como productoras de constantes dependencias y de nuevos ensamblajes, de estrechas asociaciones. Frente a la antigua relación basada en el uso, en el cuidado y administración de la acción de la máquina, en su manejo, los principios que se ponen en marcha hoy establecen una relación ser humano-máquina basada en una comunicación interna y mutua. Se trata de sistemas en donde ambos elementos pertenecen a una misma lógica, al contrario de lo que acontecía en el pasado, donde uno respondía a la lógica del subyugado y la otra a la de la subyugación[8] . Ahora se entrelazan por una peculiar forma de coexistencia lineal. Pasamos de ser los agentes al cuidado de su acción a convertirnos en partes constituyentes intrínsecas de ella. Lejos de depender su funcionamiento de los principios de la producción ahora entran en juego agregados y procesos de normalización y modulación, basados en transformaciones e intercambios de información.

 

También medios más antiguos como la televisión han sabido muy bien hacer que sus espectadores no sean ya sus consumidores o usuarios, sino el espacio de su propia existencia, engranajes exentos donde producirse. Los medios no son más elementos de uso, sino que integran ahora las propias estructuras del habitar y de la producción de significados. La tecnología no colabora en la acción del vivir sino que es el lugar donde ésta se desarrolla. La automatización crea, a diferencia de las fases anteriores de industrialización, “roles para la gente”, “profundidad de envolvimiento” en su trabajo[9] . Siempre se intensifica la atención a los procesos, a las dinámicas, y no a los mensajes, o a sus contenidos[10] .

 

El deseo, sin embargo, es un sistema cerrado, como el amor para Beckett, según lo definiera Deleuze, que lo asemejaba a una especie de tío vivo en el que el asunto principal no es la persona amada sino que la búsqueda siga adelante, que la máquina se mantenga funcionando, girando, y en el que el objeto del amor tan sólo actúa como mero pretexto para su continua operación.

 

La imposibilidad de existencia de subjetividad o individualidad alguna no debe considerarse, sin embargo, como la negación de la posibilidad de un resquicio para la libertad humana, aunque ésta sólo pueda lograrse mediante la abolición de lo real (el deseo).

 

De hecho, en los ensayos de Deleuze sobre Beckett se encuentran interesantes ideas que relacionan deseo, libertad y tecnología. Una vía basada, precisamente, en los elementos que caracterizan los procesos básicos de la computación: la práctica combinatoria y la permutación matemática.

 

Deleuze se refiere a ello al hablar de la fascinación de Beckett por los paradigmas matemáticos, que habrían mostrado que la exhaustividad no sucede sin un cierto agotamiento psicológico, algo como lo que Nietzsche mostró al afirmar que el ideal científico no está conseguido sin un tipo de degeneración vital. Ésa es la razón por la que las repeticiones, las permutaciones matemáticas, y la proliferación de las series impregnan la totalidad de la obra de Beckett. Agotadoras series de calzado o mobiliario en Watt, en las que se experimenta la permutación en todas las posibles combinaciones, purgándolas de toda referencia material, definiéndolas exclusivamente por sus posibilidades relacionales. O el ensamblaje combinatorio en el orden de ingestión de cinco pequeños bizcochos en la novela de Beckett Murphy, en el que se alcanzan los ciento veinte modos de total permutabilidad, venciéndose, finalmente, todo orden de preferencia.

 

Lo que es especialmente relevante es que en el proceso los personajes se agotan fisiológicamente, “perdiendo sus nombres, su memoria, y su propósito en una fantástica descomposición del yo”. Para Deleuze, en esta situación el individuo cede el paso a “estados transpersonales”. El yo, disperso simultáneamente en todas direcciones cesa su individualidad. Y este proceso sucede sólo porque lo combinatorio es el arte o la ciencia de agotar lo posible a través de disyunciones globales. La disyunción deviene inclusiva, el yo o el ego unitario cae colapsado: “Sí era mi padre y era mi hijo; yo Antonin Artaud, y mi hijo, mi padre, mi madre, y yo mismo”. El agotamiento producido por esa acción tendente a agotar lógicamente el total de lo posible a través de la permutación combinatoria y matemática tendría así dos significados, ambos necesarios para abolir el deseo: la más grande exactitud y la más extrema disolución, el indefinido intercambio de formulaciones matemáticas y la persecución de lo sin forma o de lo informulado[11] .

 

Ambos, Deleuze y Beckett, proponen un mundo donde todo se disuelve en metamorfosis de devenir. De hecho, la “esquizofrenia” es un proceso límite en el que la identidad del individuo se disuelve en un caos de disyunciones inclusivas, nunca invocando la misma genealogía.

 

En la obra de Beckett, el determinismo contrario del “hombre tecnológico”, sujeto en un mundo donde fuera y dentro están casualmente relacionados, “donde el entorno deviene personalidad y el destino del individuo es decidido por adelantado” está constantemente asociado con la figura del muñeco en la caja. Sin embargo, éste parece también representar un tipo de Gestell que caracteriza la esencia de la moderna tecnología para Heidegger, y que Deleuze no aceptaría. Para Heidegger ese Gestell es un destino de revelación en la medida en que empuja a los hombres y a las mujeres en una cierta dirección. La caja con el muñeco dentro, o preparado para saltar, sería una buena imagen de cómo el ser humano, subyugado por la tecnología, se revela como una reserva disponible. Para Deleuze, sin embargo, no sucedería tal cosa. No habría nadie para abrir esa caja. De hecho, no habría ningún exterior de esa caja. No habría tal muñeco tampoco. No habría ningún individuo, sino sólo engranajes, muelles comprimidos, deseo maquínico.

 



[1]  G. Deleuze, "The Proliferation of series", en Clinical and Critical, Cit. p.56.

[2] Raramente formuladas en discursos sistemáticos, son, como afirma Foucault, una instrumentación multiforme que opera como una microfísica del poder entre los grandes funcionamientos (la institución, por ejemplo) y los cuerpos mismos.

[3] Gilles Deleuze, “What is an Assemblage?”, en Kafka:Towards a Minor Literature, University of Minnesota Press, 1986, p. 81.

[4] Ibid. p. 82.

[5] G. Deleuze, "What Is an Assemblage?”, en Towards a Minor Literature, Cit. p. 82.

[6] Gilles Deleuze-Felix Guattari, Mil Mesetas, Pre-Textos, Valencia, Valencia 1988. p. 463.

[7] Jean Baudrillard, “Más allá de la inteligencia artificial: Radicalidad del pensamiento” en El Intercambio imposible, Cátedra, Madrid 2000. p. 121.

[8] Para Deleuze, “recurrentes y reversibles “sistemas hombre-máquina” reemplazan las viejas relaciones no recurrentes y no reversibles de subyugación entre los dos elementos; la relación entre hombre y máquina está basada en una comunicación interna, mutua, y no más en uso o acción.

[9] Marshall McLuhan, The Medium Is the Message cit.

[10] Pierren Levy, “The Art of Cyberspace”, en T. Druckery, Electronic Culture, cit. p. 366. 

[11] Véase, Richard Begam, Samuel Beckett and the End of Modernity, Stanford University Press, California 1996, p. 46.