LA PREGUNTA POR LA TÉCNICA
Martin Heidegger
Traducción de Eustaquio Barjau en HEIDEGGER, M., Conferencias y artículos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994, pp. 9-37
En lo que sigue preguntamos por la técnica.
Preguntar es estar construyendo un camino. Por ello es aconsejable fijar la
atención en el camino y no estar pendiente de frases y rótulos aislados. El
camino es un camino del pensar. De un modo más o menos perceptible, todos
los caminos del pensar llevan, de una forma desacostumbrada, a través del
lenguaje. Preguntamos por la técnica y
con ello quisiéramos preparar una relación libre con ella. La relación
es libre si abre nuestro estar a la esencia de la técnica. Si correspondemos
a aquélla, entonces somos capaces de experienciar lo técnico en su limitación.
La técnica no es lo mismo que la esencia de la técnica.
Cuando buscamos la esencia del árbol, tenemos que darnos cuenta de que aquello
que prevalece en todo árbol como árbol no es a su vez un árbol que se pueda
encontrar entre los árboles.
De este modo, la esencia de la técnica tampoco es en manera alguna nada técnico. Por esto nunca experienciaremos nuestra relación para con la esencia de la técnica mientras nos limitemos a representar únicamente lo técnico y a impulsarlo, mientras nos resignemos con lo técnico o lo esquivemos. En todas partes estamos encadenados a la técnica sin que nos podamos librar de ella, tanto si la afirmamos apasionadamente como si la negamos. Sin embargo, cuando del peor modo estamos abandonados a la esencia de la técnica es cuando la consideramos como algo neutral, porque esta representación, a la que hoy se rinde pleitesía de un modo especial, nos hace completamente ciegos para la esencia de la técnica.
Según la antigua doctrina, la esencia de algo es aquello
que algo es. Preguntamos por la técnica cuando
preguntamos por lo que ella es. Todo el mundo conoce los dos enunciados que
contestan a nuestra pregunta. El uno dice: la técnica es un medio para unos
fines. El otro dice: la técnica es un hacer del hombre. Las dos definiciones
de la técnica se copertenecen. Porque poner fines, crear y usar medios para
ellos es un hacer del hombre. A lo que es la técnica pertenece el fabricar
y usar útiles, aparatos y máquinas; pertenece esto mismo que se ha elaborado
y se ha usado, pertenecen las necesidades y los fines a los que sirven. El
todo de estos dispositivos es la técnica, ella misma es una instalación, dicho
en latín: un instrumentum.
La representación
corriente de la técnica, según la cual ella es un medio y un hacer del hombre,
puede llamarse, por tanto, la definición instrumental y antropológica de la
técnica.
¿Quién
negaría que esto es correcto? Está claro que se rige por aquello que se tiene
ante los ojos cuando se habla de la técnica. La definición instrumental de
la técnica es incluso correcta de un modo tan inquietante, que además es aplicable
a la técnica moderna, de la que normalmente se afirma, con una cierta razón,
que, frente a la técnica artesanal de antes, es algo completamente distinto
y por tanto nuevo. También la central energética, con sus turbinas y sus generadores,
es un medio fabricado por hombres para un fin puesto por hombres. También
el avión a reacción y la máquina de alta frecuencia son medios para fines.
Por supuesto que una estación de radar es menos sencilla que una veleta. Por
supuesto que la fabricación de una máquina de alta frecuencia necesita del
juego combinado de distintos procesos de trabajo de la producción técnico-industrial.
Por supuesto que una serrería, en un valle perdido de la Selva Negra, es un
medio primitivo en comparación con una central hidroeléctrica del Rin.
Sigue
siendo correcto que también la técnica moderna es un medio para fines. De
ahí que la representación instrumental de la técnica determine todos los esfuerzos
por colocar al hombre en el respecto correcto para con la técnica. Todo está
en manejar de un modo adecuado la técnica como medio. Lo que queremos, como
se suele decir, es «tener la técnica en nuestras manos». Queremos dominarla.
El querer dominarla se hace tanto más urgente cuanto mayor es la amenaza de
la técnica de escapar al dominio del hombre.
Ahora
bien, supuesto que la técnica no es un mero medio, ¿qué pasa con la voluntad
de dominarla? Pero dijimos que la definición instrumental de la técnica es
correcta. Ciertamente. Lo correcto constata cada vez algo que es lo adecuado
en lo que está delante. Sin embargo, para ser correcta, la constatación no
necesita en absoluto desvelar en su esencia lo que está delante. Sólo allí
donde se da este desvelar acaece de un modo propio lo verdadero. De ahí que
lo meramente correcto no sea todavía lo verdadero. Sólo esto nos lleva a una
relación libre con aquello que, desde su esencia, nos concierne. En consecuencia,
la correcta definición instrumental de la técnica, que es correcta, no nos
muestra todavía la esencia de ésta. Para llegar a esta esencia, o por lo menos
a su cercanía, tenemos que buscar lo verdadero a través de lo correcto. Tenemos
que preguntar: ¿qué es lo instrumental mismo? ¿A qué pertenece una cosa así
en tanto que un medio y un fin? Un medio es aquello por lo que algo es efectuado,
y de este modo alcanzado. A lo que tiene como consecuencia un efecto lo llamamos
causa. Sin embargo, causa no es solamente aquello por medio de lo cual es
efectuado algo distinto. También el fin según el cual se determina el modo
de los medios vale como causa. Donde se persiguen fines, se emplean medios;
donde domina lo instrumental, allí prevalece la condición de causa, la causalidad.
Desde
hace siglos la Filosofía enseña que hay cuatro causas:
1.ª
La causa materialis, el material, la materia de la que está hecha, por ejemplo,
una copa de plata; 2.ª La causa formal, la forma, la figura en la que entra
el material; 3.ª La causa final, el fin, por ejemplo, el servicio sacrificial
por medio del que la copa que se necesita está destinada, según su forma y
su materia; 4.ª La causa efficiens, que produce el efecto, la copa terminada,
real, el platero. Lo que es la técnica, representada como medio, se desvela
si retrotraemos lo instrumental a la cuádruple causalidad.
Pero
¿cómo, si la causalidad, por su parte, en lo que ella es, se vela en lo oscuro?
Es cierto que desde hace siglos hacemos como si la doctrina de las cuatro
causas hubiera caído del cielo como una verdad de claridad meridiana. Pero
sería hora ya de preguntarse: ¿por qué hay justamente cuatro causas? ¿Qué
significa propiamente con respecto a las cuatro citadas la palabra «causa»?
¿Desde dónde el carácter de causa de las cuatro causas se determina de un
modo tan unitario, que ellas se pertenecen las unas a las otras?
Hasta
que no entremos en estas preguntas, la causalidad -y con ella lo instrumental,
y con lo instrumental la definición corriente de la técnica- seguirá estando
en la oscuridad y seguirá careciendo de fundamento.
Desde hace tiempo acostumbramos representar la causa
como lo que efectúa. Efectuar significa aquí la consecución de resultados,
de efectos. La causa efficiens, una de las cuatro causas, determina de un
modo decisivo toda causalidad. Esto es hasta tal punto así, que a la causa
finalis, a la finalidad, ya no se la cuenta para nada entre la causalidad.
Causa, casus, pertenece al verbo cadere, caer, y significa aquello que efectúa
que algo, en el resultado, acaezca de este modo o de este otro. La doctrina
de las cuatro causas se remonta a Aristóteles. Con todo, en la región del
pensar griego, y para él, todo lo que las épocas posteriores buscan en los
griegos bajo la representación y el rótulo de «causalidad» no tiene absolutamente
nada que ver con el actuar (obrar) y el efectuar. A lo que nosotros llamamos
causa, los romanos causa, lo llamaron los griegos noitàa, aquello que es responsable de algo. Las cuatro causas
son los cuatro modos -modos que se pertenecen unos a otros- del ser responsable.
Un ejemplo puede dilucidar esto.
La plata es aquello de lo que está hecha la copa de
plata. En cuanto tal materia (hlì) es corresponsable de la copa. Ésta es deudora de
la plata, es decir, tiene que agradecerle a la plata aquello de lo que está
hecha. Pero el utensilio sacrificial no se limita a estar en deuda sólo con
la plata. En cuanto copa, esto que está en deuda con la plata aparece en el
aspecto de copa y no en el de prendedor o de anillo. De este modo, el utensilio
sacrificial está al mismo tiempo en deuda con el aspecto (wodåe) de copa. La plata en la que ha adquirido su aspecto
la copa, el aspecto en el cual aparece la plata son, cada uno a su modo, corresponsables
del utensilio sacrificial.
Pero responsable de ello es sobre todo una tercera
cosa. Es aquello que de antemano recluye a la copa en la región de la consagración
y de la dádiva. Por medio de esto la copa se ve cercada como utensilio sacrificial.
Lo que cerca da fin a la cosa. Con este dar fin no se acaba la cosa, sino
que es desde éste como empieza la cosa como aquello que será después de la
producción. Lo que, en este sentido, da fin a algo. Lo que acaba algo, lo
que lo completa se dice en griego wol¡t, algo que, con excesiva frecuencia, se traduce, y
de este modo se malinterpreta, como «meta» y «finalidad». El wol¡t es responsable de aquello de lo que la materia y el
aspecto del utensilio sacrificial son corresponsables.
Finalmente hay una cuarta cosa que es corresponsable
del estar-delante y del estar-a-punto del utensilio sacrificial terminado:
el platero; pero no lo es en modo alguno por el hecho de que, al obrar, lleve
a efecto la copa sacrificial terminada como el efecto de un hacer, no lo es
como causa efficiens.
La doctrina de Aristóteles ni conoce la causa mencionada
con este rótulo ni tampoco usa un nombre griego que pudiera corresponder a
ella.
El platero reflexiona sobre, y coliga, los tres modos
mencionados del ser responsable. Reflexionar se dice en griego niegel, wogñl. Descansa en el iaysenÛafopŽ, en el hacer aparecer. El platero es corresponsable
como aquello desde lo que el traer delante y el descansar en sí de la copa
sacrificial toman su primera emergencia y la mantienen. Los tres modos mencionados
anteriormente del ser responsable le deben a la reflexión del platero el aparecer,
le deben también el entrar en juego en el traer-ahí-delante de la copa sacrificial
y el modo como entran en juego.
En el utensilio sacrificial que está delante y que
está a punto prevalecen, pues, cuatro modos del ser responsable. Son distintos
entre sí y, no obstante, se pertenecen mutuamente. ¿Qué es lo que los une
de antemano? ¿En qué tiene lugar el juego conjunto de los cuatro modos del
ser responsable? ¿De dónde procede la unidad de las cuatro causas? ¿Qué significa,
pensado al modo griego, este ser responsable?
Los hombres de hoy nos inclinamos con excesiva facilidad
a entender el ser responsable, o bien en sentido moral, como un estar en falta,
o bien si no como un modo del efectuar. En ambos casos nos cerramos el camino
hacia el sentido inicial de eso que más tarde se denominó causalidad. Mientras
no se abra este camino tampoco avistaremos lo que es propiamente lo instrumental
que descansa en lo causal.
Para protegernos de las interpretaciones
equivocadas del ser responsable de las que hemos hablado, aclararemos los
cuatro modos de esta responsabilidad a partir de aquello de lo que ellos son
responsables. Según el ejemplo, son responsables del estar-delante y del estar-a-punto
de la copa de plata como utensilio sacrificial. El estar-delante y el estar-a-punto
(iaysÝekopê) caracterizan la presencia de lo presente.
Los cuatro modos del ser responsable llevan a algo a aparecer. Lo dejan venir
a darse en la presencia. Lo sueltan en esta dirección y de este modo le da
ocasión a que venga, a saber, a su acabado advenimiento. El ser responsable
tiene el rasgo fundamental de dejar venir al advenimiento. En el sentido de
este dejar venir, el ser responsable es el ocasionar. Desde la mirada sobre
aquello que los griegos experienciaron en el ser responsable, en la aÛtÞa, damos ahora a la palabra ocasionar un sentido más
amplio, de modo que esta palabra dé nombre a la esencia de la causalidad pensada
como la pensaron los griegos. En el significado corriente y más restringido
de la palabra ocasionar, en cambio, ésta significa sólo algo así como estimular
y desatar, y mienta una especie de causa secundaria dentro del todo de la
causalidad.
Ahora
bien, ¿dónde tiene lugar el juego conjunto de los cuatro modos del ocasionar?
Dejan llegar a lo todavía no presente a la presencia. En consecuencia prevalece
sobre ellos de un modo unitario un traer que trae a lo presente al aparecer.
Lo que es este traer lo dice Platón en una proposición del Simposion
(205 b): ² r‹g iot k¤ èot ®m wotn÷ wÛe òt nö itñÞ Ätõ nèo aÛtÞa ‹sp its¤ wisháop.
«Toda
acción de ocasionar aquello que, desde lo no presente, pasa y avanza a presencia
es poiesis, pro-ducir, traer-ahí-delante.»
Todo
está en que pensemos el traer-ahí-delante en toda su amplitud y al mismo tiempo
en el sentido de los griegos. Un traer-ahí-delante, poiesis, no es sólo el fabricar artesanal, no es sólo el traer-a-parecer,
el traer-a-imagen artístico-poético. También la wisæf, el
emerger-desde-sí, es un traer-ahí-delante, es poiesis. La wisæf es incluso poiesis
en el más alto sentido, porque lo iesæf tiene en sí mismo
(n¤ Òtua§) la eclosión del traer-ahí-delante, por ejemplo, la
eclosión de las flores en la floración. En cambio, lo traído-ahí-delante de
un modo artesanal y artístico, por ejemplo la copa de plata, no tiene la eclosión
del traer-ahí-delante en él mismo sino en otro (n¤ llÄ), en el artesano
y el artista.
Los
modos del ocasionar, las cuatro causas, juegan pues dentro de los límites
del traer-ahí-delante. Es a través de éste como viene siempre a su aparecer
tanto lo crecido de la Naturaleza como lo fabricado de la artesanía y de las
artes. Pero ¿cómo acontece el traer-ahí-delante, ya sea en la Naturaleza,
ya sea en el oficio o en el arte? ¿Qué es el traer-ahí-delante en el que juega
el cuádruple modo del ocasionar. El ocasionar concierne a la presencia de
aquello que viene siempre a aparecer en el traer-ahí-delante. El traer-ahí-delante
trae (algo) del estado de ocultamiento al estado de desocultamiento poniéndolo
delante. El traer-ahí-delante acaece de un modo propio sólo en tanto que lo
ocultado viene a lo desocupado. Este venir descansa y vibra en lo que llamamos
salir de lo oculto. Los griegos tienen para esto la palabra aiey®lŽ. Los romanos la tradujeron por veritas.
Nosotros decimos «verdad», y habitualmente la entendemos como corrección del
representar.
¿Adónde
hemos ido a parar en nuestro extravío? Preguntamos por la técnica y hemos
llegado ahora a la aiey®lŽ, al
salir de lo oculto. ¿Qué tiene que ver la esencia de la técnica con el salir
de lo oculto? Contestación: es lo mismo. Pues en el salir de lo oculto tiene
su fundamento todo traer-ahí-delante. Pero éste coliga en sí los cuatro modos
del ocasionar -la causalidad- y se hace valer plenamente sobre ellos. A la
región de la causalidad pertenecen fin y medio, pertenece lo instrumental.
Lo instrumental es considerado el rasgo fundamental de la técnica. Si nos
preguntamos paso a paso lo que es propiamente la técnica, representada como
medio, llegaremos al salir de lo oculto. En él descansa la posibilidad de
toda elaboración productora.
La técnica
no es pues un mero medio, la técnica es un modo del salir de lo oculto. Si
prestamos atención a esto se nos abrirá una región totalmente distinta para
la esencia de la técnica. Es la región del desocultamiento, es decir, de la
verdad.
Esta
perspectiva nos extraña. Y tiene que ser así, tiene que ser así durante tanto
tiempo y de un modo tan acuciante, que al fin tomemos por una vez en serio
la sencilla pregunta sobre qué es lo que dice el nombre «técnica». La palabra
procede de la lengua griega.nñkinxeT quiere decir algo
que es de tal modo que pertenece a la tejne En vistas al significado de esta
palabra tenemos que prestar atención a dos cosas. En primer lugar tejne no
sólo es el nombre para el hacer y el saber hacer del obrero manual sino también
para el arte, en el sentido elevado, y para las bellas artes. La tejne pertenece
al traer-ahí-delante, a la poiesis; es algo poiético.
Lo otro
que, en vistas a la palabra tejne, hay que considerar tiene todavía más peso.
La palabra tejne, desde muy pronto hasta la época de Platón, va de consuno
con la palabra hm®tsip¤. Ambas palabras
son nombres para el conocer en el sentido más amplio. Lo que ellas mientan
es un entender en algo, ser entendido en algo. En el conocer se hace patente
algo. En cuanto que hace patente, el conocer es un hacer salir de lo oculto.
Aristóteles distingue con especial atención (Eth.
Nic. VI, c. 3 y 4) la hm®tsip¤ de
la tejne, y lo hace desde el punto de vista de lo que en ellas sale de lo
oculto y del modo como lo hacen salir de lo oculto. La tejne es un modo del
nieæeyhlŽ. Saca
de lo oculto algo que no se produce a sí mismo y todavía no se halla ahí delante,
y por ello puede aparecer y acaecer de este modo o de este otro. El que construye
una casa o un barco o forja una copa sacrificial hace salir de lo oculto lo-que-hay-que-traer-ahí-delante,
y lo hace según las perspectivas de los cuatro modos del ocasionar. Este hacer
salir de lo oculto coliga de antemano el aspecto y la materia de barco y de
casa y los reúne en la cosa terminada y vista de un modo acabado, determinando
desde ahí el modo de la fabricación. Lo decisivo de la tejne, pues, no está
en absoluto en el hacer y el manejar, ni está en la utilización de medios,
sino en el hacer salir de lo oculto del que hemos hablado. En tanto que éste,
pero no como fabricación, la tejne es un traer-ahí-delante.
De este
modo, pues, la indicación de lo que la palabra tejne dice y la indicación
del modo como los griegos determinan aquello que ella nombra nos lleva al
mismo contexto que se nos abrió cuando íbamos tras la cuestión de qué es en
verdad lo instrumental en cuanto tal.
La técnica
es un modo del hacer salir de lo oculto. La técnica esencia en la región en
la que acontece el hacer salir lo oculto y el estado de desocultamiento, donde
acontece la aiey®lŽ, la
verdad.
En contra
de esta determinación de la región esencial de la técnica se puede objetar
que, si bien es válida para el pensar griego y es adecuada, en el mejor de
los casos, para la técnica del obrero manual, sin embargo no lo es para la
moderna técnica de las máquinas que producen energía. Y es precisamente esta
técnica, sólo ella, lo inquietante, lo que nos mueve a preguntarnos por «la»
técnica. Se dice que la técnica moderna es incomparablemente distinta de toda
técnica anterior, porque descansa en las ciencias exactas modernas. Luego
se ha visto más claro que también lo contrario es válido: la física moderna,
como física experimental, está encomendada a los aparatos técnicos y al progreso
de la construcción de aparatos. La constatación de esta relación recíproca
entre técnica y física es correcta. Pero no pasa de ser una mera constatación
histórica de hechos, sin que diga nada sobre aquello en lo que se fundamenta
esta relación recíproca. La pregunta decisiva sigue siendo, no obstante: ¿de
qué esencia es la técnica moderna que puede caer en la utilización de las
ciencias exactas?
¿Qué
es la técnica moderna? También ella es un hacer salir lo oculto. Sólo dejando
descansar nuestra mirada en este rasgo fundamental se nos mostrará lo nuevo
de la técnica moderna.
Con
todo, el hacer salir lo oculto que domina por completo la técnica moderna,
no se despliega ahora en un traer‑ahí‑delante en el sentido de
la poiesis. El hacer salir lo oculto que prevalece en la técnica moderna es
una provocación que pone ante la Naturaleza la exigencia de suministrar energía
que como tal pueda ser extraída y almacenada. Pero ¿no es esto válido también
para el antiguo molino de viento? No. Sus aspas se mueven al viento, quedan
confiadas de un modo inmediato al soplar de éste. Pero el molino de viento
no alumbra energías del aire en movimiento para almacenarlas.
A una
región de tierra, en cambio, se la provoca para que saque carbón y mineral.
El reino de la tierra sale de lo oculto ahora como cuenca de carbón; el suelo,
como yacimiento de mineral. De otro modo aparece el campo que cultivaba antes
el labrador, cuando cultivar significaba aún abrigar y cuidar. El hacer del
campesino no provoca al campo de labor. En la siembra del grano, entrega la
sementera a las fuerzas de crecimiento y cobija su prosperar. Ahora hasta
el cultivo del campo ha sido arrastrado por la corriente de un cultivar de
otro género, un cultivar (encargar) que emplaza a la Naturaleza. La emplaza
en el sentido de la provocación. La agricultura es ahora industria mecanizada
de la alimentación.
Al aire se lo emplaza a que dé nitrógeno, al suelo
a que dé minerales, al mineral a que dé, por ejemplo, uranio, a éste a que
dé energía atómica, que puede ser desatada para la destrucción o para la utilización
pacífica.
El emplazar que provoca las energías de la Naturaleza
es un promover en un doble sentido. Promueve alumbrando y exponiendo. Este
promover, sin embargo, está emplazado de antemano a promover otras cosas,
es decir, a impulsar hacia la máxima utilización con el mínimo gasto. El carbón
extraído de la cuenca no está emplazado para que esté presente sin importar
dónde sea. Está en depósito, es decir, está puesto y a punto para la solicitación
del calor solar que está almacenado en él. Este calor solar es provocado en
vistas al calor solicitado para suministrar vapor, cuya presión empuja el
mecanismo por medio del cual la fábrica se mantiene en actividad.
La central hidroeléctrica está emplazada en la
corriente del Rin. Emplaza a ésta en vistas a su presión hidráulica, que emplaza
a las turbinas en vistas a que giren, y este movimiento giratorio hace girar
aquella máquina, cuyo mecanismo produce la corriente eléctrica, en relación
con la cual la central regional y su red están solicitadas para promover esta
corriente. En la región de estas series, imbricadas unas con otras, de solicitación
de energía eléctrica, la corriente del Rin aparece también como algo solicitado.
La central hidroeléctrica no está construida en la corriente del Rin como
el viejo puente de madera que desde hace siglos junta una orilla con otra.
Es más bien la corriente la que está construida en la central. Ella es ahora
lo que ahora es como corriente, a saber, suministradora de presión hidráulica,
y lo es desde la esencia de la central. Para calibrar, aunque sólo sea desde
lejos, la medida de lo monstruoso que se hace valer aquí, fijémonos un momento
en el contraste que se expresa en estos dos títulos: «El Rin» construido en
la central energética, como obstruyéndola, y «El Rin», dicho desde la obra
de arte del himno de Hölderlin del mismo nombre. Pero, se replicará: el Rin
sigue siendo la corriente de agua del paisaje. Es posible, pero ¿cómo? No
de otro modo que como objeto para ser visitado, susceptible de ser solicitado
por una agencia de viajes que ha hecho emplazar allí una industria de vacaciones.
El hacer salir de lo oculto que domina por completo
a la técnica moderna tiene el carácter del emplazar, en el sentido de la provocación.
Éste acontece así: la energía oculta en la Naturaleza es sacada a la luz,
a lo sacado a la luz se lo transforma, lo transformado es almacenado, a lo
almacenado a su vez se lo distribuye, y lo distribuido es nuevamente conmutado.
Sacar a la luz, transformar, almacenar, distribuir, conmutar son maneras del
hacer salir lo oculto. Sin embargo, esto no discurre de un modo simple. Tampoco
se pierde en lo indeterminado. El hacer salir lo oculto desoculta para sí
mismo sus propias rutas, imbricadas de un modo múltiple, y las desoculta dirigiéndolas.
Por su parte, esta misma dirección viene asegurada por doquier. La dirección
y el aseguramiento son incluso los rasgos fundamentales del salir a la luz
que provoca.
Ahora
bien, ¿qué clase de estado de desocultamiento es propio de aquello que adviene
por medio del emplazar que provoca? En todas partes se solicita que algo esté
inmediatamente en el emplazamiento y que esté para ser solicitado para otra
solicitación. Lo así solicitado tiene su propio lugar de estancia, su propia
plaza. Lo llamamos las existencias. La palabra dice aquí más y algo más esencial
que sólo «reserva». La palabra «existencias» alcanza ahora rango de un título.
Caracteriza nada menos que el modo como está presente todo lo que es concernido
por el hacer salir lo oculto. Lo que está en el sentido de existencias ya
no está ante nosotros como objeto.
Pero
un avión de pasajeros que está en la pista de despegue no deja de ser un objeto.
Sin duda. Podemos representar al avión así, pero entonces éste se oculta en
aquello que es y en el modo como es. En cuanto que desocupado, está él en
la pista de rodadura sólo como algo en existencias, en la medida en que está
solicitado para poner a seguro la posibilidad del transporte. Para ello tiene
que ser susceptible de ser solicitado, es decir, estar preparado para el despegue,
en toda su estructura, en cada una de las partes que lo componen. [Aquí sería
el lugar de dilucidar la definición que da Hegel de la máquina como un instrumento
autónomo. Desde el punto de
vista de la herramienta del oficio artesanal, su definición es correcta. Sólo
que así la máquina no está pensada precisamente desde la esencia de la técnica
a la que ella pertenece. Desde el punto de vista de las existencias, la máquina
carece absolutamente de autonomía, porque su puesto lo tiene sólo y exclusivamente
desde el solicitar de lo susceptible de ser solicitado.]
El hecho
de que ahora, cuando intentamos mostrar la técnica moderna como el provocador
hacer salir lo oculto, las palabras «emplazar», «solicitar emplazando», «existencias»
se nos impongan y se amontonen de un modo ávido y uniforme, y por ello molesto,
tiene su fundamento en aquello que viene al lenguaje.
¿Quién
lleva a cabo el emplazamiento que provoca y mediante el cual lo que llamamos
lo real y efectivo es sacado de lo oculto como existencias? El hombre, evidentemente.
¿En qué medida es éste capaz de tal hacer salir de lo oculto? El hombre, sin
duda, puede representar esto o aquello, de este modo o de este otro, puede
conformarlo o impulsarlo. Ahora bien, el estado de desocultamiento en el que
se muestra o se retira siempre lo real y efectivo no es algo de lo que el
hombre disponga. El hecho de que desde Platón lo real y efectivo se muestre
a la luz de las ideas no es algo hecho por Platón. El pensador se ha limitado
a corresponder a una exhortación dirigida a él.
Sólo
en la medida en que el hombre, por su parte, está ya provocado a extraer energías
naturales puede acontecer este hacer salir lo oculto que solicita y emplaza.
Si el hombre está provocado a esto, si se ve solicitado a esto, ¿no pertenecerá
entonces también él, y de un modo aún más originario que la Naturaleza, a
la categoría de las existencias? El modo de hablar tan corriente de material
humano, de activo de enfermos de una clínica habla en favor de esto. Hoy en
día, el guardabosques que en el bosque mide con exactitud la cantidad de madera
cortada y que, a juzgar por lo que se ve, recorre los mismos caminos forestales
que su abuelo, y del mismo modo como los recorría éste, tanto si lo sabe como
si no, está emplazado y solicitado por la industria del aprovechamiento de
la madera. Está solicitado a la solicitabilidad de celulosa, provocada a su
vez por la necesidad de papel, emplazado por los periódicos y revistas ilustradas
y puesto a la disposición de estos medios. Éstos emplazan, por su parte, a
la opinión pública a engullir letra impresa a fin de que esa opinión sea susceptible
de ser solicitada para conseguir una organización emplazada y solicitada de
la opinión. Pero precisamente porque el hombre está provocado de un modo más
originario que las energías naturales, a saber, provocado al solicitar, nunca
se convertirá en una mera existencia. El hombre, al impulsar la técnica, toma
parte en el solicitar como un modo del hacer salir lo oculto. Con todo, el
estado de desocultamiento mismo, en cuyo interior se despliega el solicitar
no es nunca un artefacto del hombre, como tampoco lo es la región que el hombre
ya está atravesando cada vez que, como sujeto, se refiere a un objeto.
¿Dónde y cómo acontece el hacer salir lo oculto si
éste no es un simple artefacto del hombre? No tenemos que buscar muy lejos.
Lo único que hace falta es percatarse, sin prejuicios, de aquello que de siempre
ha interpelado al hombre, y ello de un modo tan decidido, que, en cada caso,
el hombre sólo puede ser hombre en cuanto que interpelado así. Dondequiera
que el hombre abra sus ojos y sus oídos, allí donde franquee su corazón o
se entregue libremente a meditar y aspirar, a formar y obrar, a pedir y agradecer,
se encontrará en todas partes con que se le ha llevado ya a lo desocultado.
Y el estado de desocultamiento de eso desocultado ha acaecido ya de un modo
propio al conjurar en cada caso ese desocultamiento al hombre a los modos
del hacer salir lo oculto a él adecuados. Cuando el hombre, a su manera, dentro
de los límites del estado de desocultamiento, hace salir lo presente, no hace
más que corresponder a la exhortación del desocultamiento, incluso allí donde
él contradice a esta exhortación. Así pues, cuando el hombre, investigando,
contemplando, va al acecho de la Naturaleza como una zona de su representar,
está ya bajo la apelación de un modo del hacer salir de lo oculto que lo provoca
a abordar a la Naturaleza como un objeto de investigación, hasta que incluso
el objeto desaparece en la no-objetualidad de las existencias.
De ese modo, la técnica moderna, como un solicitador
sacar de lo oculto, no es ningún mero hacer del hombre. De ahí que incluso
a aquel provocar que emplaza al hombre a solicitar lo real como existencias
debemos tomarlo tal como se muestra. Aquel provocar coliga al hombre en el
solicitar. Esto que coliga concentra al hombre a solicitar lo real y efectivo
como existencias.
Lo que originariamente despliega a las montañas en
líneas de montañas y las atraviesa en un conjunto de pliegues, es lo coligante
que llamamos la cadena montañosa (Gebirg).
A aquello que originariamente coliga, de lo que se
despliegan los modos según los cuales tenemos tal o cual estado de ánimo lo
llamamos el talante (Gemüt).
A aquella interpelación que provoca, que coliga al
hombre a solicitar lo que sale de lo oculto como existencias, lo llamamos
ahora la estructura de emplazamiento (Ge-stell).
Nos atrevemos a usar esta palabra en un sentido hasta
ahora totalmente inhabitual.
Según el significado habitual, la palabra Gestell mienta enseres, por ejemplo una estantería para libros. Gestell se le llama también a un esqueleto. Igual de espantoso es el uso
de esta palabra que ahora se nos impone, por no decir nada de la arbitrariedad
con la que de esta suerte se abusa de las palabras de la lengua adulta. ¿Se
puede llevar aún más lejos esta ocurrencia peregrina? Seguro que no. Con todo,
esta peregrina ocurrencia es una vieja usanza del pensar. Y además a ella
se pliegan los pensadores precisamente allí donde hay que pensar lo más alto.
Nosotros, los que hemos nacido después, no estamos en situación de medir qué
significa que Platón se atreva a utilizar la palabra wodåe para
aquello que esencia en todas las cosas y en cada una de ellas. Pues wodåe, en la lengua cotidiana significa el aspecto que ofrece
una cosa visible a nuestros ojos sensibles. Sin embargo, a esta palabra Platón
le exige lo totalmente inhabitual, nombrar Aquello que precisamente no se
convierte nunca en algo que el sentido de la vista pueda percibir. Pero ni
así hemos terminado, ni mucho menos, con lo habitual. Porque a¡dÞ no nombra solamente
el aspecto no sensible de lo visible sensible. Aspecto, a¡dÞ significa y es también
lo que constituye la esencia de lo audible, tocable, sentible, de todo aquello
que, de un modo u otro, es accesible. Frente a lo que Platón le exige a la
lengua y al pensar en este caso y en otros, el uso que nos hemos atrevido
a hacer ahora de la palabra Gestell para designar la esencia de la técnica
moderna, es casi inofensivo. Con todo, el uso lingüístico exigido ahora sigue
siendo algo excesivo, sujeto a malentendidos.
Ge-stell (estructura de emplazamiento)
significa lo coligante de aquel emplazar que emplaza al hombre, es decir,
que lo provoca a hacer salir de lo oculto lo real y efectivo en el modo de
un solicitar en cuanto un solicitar de existencias. Estructura de emplazamiento
significa el modo de salir de lo oculto que prevalece en la esencia de la
técnica moderna, un modo que él mismo no es nada técnico. A lo técnico, en
cambio, pertenece todo lo que conocemos como varillaje, transmisión y chasis,
y que forma parte de lo que se llama montaje. Pero esto, junto con las partes
integrantes mencionadas, cae en la zona del trabajo técnico, que nunca hace
otra cosa que corresponder a la provocación de la estructura de emplazamiento,
sin constituirla jamás o, siquiera, tenerla como resultado.
La palabra «emplazar», en el rótulo estructura de emplazamiento,
no mienta solamente el provocar, al mismo tiempo tiene que conservar la resonancia
de otro «emplazar» del que deriva, a saber, de aquel pro-ducir y representar
que, en el sentido de la poiesis, hace que venga a darse lo presente. Este
pro-ducir que hace salir delante, por ejemplo, el colocar una estatua en la
zona de un templo, y el solicitar que provoca, que hemos estado considerando
ahora, son sin duda fundamentalmente distintos y sin embargo están emparentados
en su esencia. Los dos son modos de hacer salir lo oculto, de la aiey®lŽ. En
la estructura de emplazamiento acaece de un modo propio el estado de desocultamiento
en conformidad con el cual el trabajo de la técnica moderna saca de lo oculto
lo real y efectivo como existencias. De ahí que no sea ni un mero hacer del
hombre ni tan sólo un simple medio dentro de los límites de este hacer. La
definición únicamente instrumental, únicamente antropológica de la técnica
se convierte en principio en algo caduco; no se deja completar con la simple
adición de una explicación metafísica o religiosa.
De todos modos sigue siendo verdad que el hombre de
la era técnica, de un modo especialmente llamativo, se encuentra bajo la provocación
de hacer salir lo oculto. Esto concierne ante todo a la Naturaleza, entendida
como el almacén principal de existencias de energía. En correspondencia con
ello, la conducta solicitante del hombre se muestra ante todo en el florecimiento
de las ciencias exactas de la época moderna. Su modo de representar persigue
a la Naturaleza como una trama de fuerzas calculable. Por esto la física de
la época moderna no es física experimental porque emplee aparatos para preguntar
a la Naturaleza, sino al contrario: como la física -y ello porque es ya pura
teoría- emplaza a la Naturaleza a presentarse como una trama de fuerzas calculable
de antemano, por esto se solicita el experimento, a saber, para preguntar
si se anuncia, y cómo se anuncia, la Naturaleza a la que se ha emplazado de
este modo.
Pero la ciencia físico-matemática ha surgido casi doscientos
años antes que la técnica moderna. ¿Cómo va a estar solicitada por la técnica
moderna para que se ponga a su servicio? Los hechos hablan en favor de lo
contrario. La técnica moderna no se puso en movimiento hasta que pudo apoyarse
en la ciencia natural exacta. Calculado desde el punto de vista histórico,
esto es correcto; pensado desde el punto de vista de la historia acontecida,
no corresponde a la verdad.
La teoría
física de la Naturaleza, en la época moderna es la que prepara el camino no
sólo de la técnica sino de la esencia de la técnica moderna. Porque el coligar
que provoca y que conduce al desocultamiento que solicita prevalece ya en
la física. Pero en ella no aparece aún de un modo propio. La física de la
época moderna es el heraldo, desconocido aún en cuanto a su origen, de la
estructura de emplazamiento. La esencia de la técnica moderna se oculta por
mucho tiempo incluso allí donde se han inventado ya máquinas que producen
energía, donde está puesta en camino la electrónica y donde está en marcha
la tecnología atómica.
Todo
lo que esencia, no sólo lo que esencia en la técnica moderna, se mantiene
en todas partes oculto el mayor tiempo posible. Sin embargo, desde el punto
de vista de su prevalecer, lo que esencia es de tal suerte que precede a todo:
lo más temprano. Esto lo sabían ya los pensadores griegos cuando decían: aquello
que es antes en vistas al emerger que prevalece, no se nos manifiesta a nosotros
los humanos sino después. Para el hombre, lo inicialmente temprano es lo último
que se le muestra. De ahí que, en la región del pensar, un esfuerzo por pensar
del todo, de un modo aún más inicial, lo pensado inicialmente, no sea una
voluntad insensata de renovar lo pasado sino la sobria disposición a asombrarse
ante la venida de lo temprano.
Para
el cómputo histórico del tiempo, el comienzo de la ciencia moderna está en
el siglo XVII. En cambio, la técnica de las máquinas que producen energía
no se desarrolla hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Ahora bien, lo que
para la constatación histórica es lo que llega más tarde, la técnica moderna,
en la historia acontecida, y desde el punto de vista de la esencia que prevalece
en ella, es lo más temprano.
Si la
física moderna, en una medida cada vez mayor, tiene que resignarse a que su
región de representación sea algo no intuible, esta renuncia no está dictada
por una comisión de investigadores. Está provocada por el prevalecer de la
estructura de emplazamiento, que exige la solicitabilidad de la Naturaleza
como existencias. De ahí que la física, por mucho que se haya retirado del
representar que hasta ahora ha sido decisivo, el que está dirigido sólo a
los objetos, nunca puede renunciar a una cosa: a que la Naturaleza, de uno
u otro modo, se anuncie como algo constatable por medio de cómputo y a que
siga siendo solicitable como un sistema de informaciones. Este sistema se
determina desde un tipo de causalidad que, por su parte, ha experimentado
otro cambio. Ahora, la causalidad no muestra ni el carácter del ocasionar
que trae-ahí-delante ni el modo de la causa efficiens o, siquiera, de la causa
formalis. Probablemente la causalidad se reduce a un provocado anunciar de
existencias a las que hay que asegurar de un modo simultáneo o sucesivo. A
esto correspondería el proceso de creciente resignación descrito de un modo
impresionante en la conferencia de W Heisenberg (W Heisenberg, «La imagen
de la Naturaleza en la física contemporánea», en Las artes en la era
de la técnica, Munich 1954, p. 43 y ss).
Como la esencia de la técnica moderna descansa en la
estructura de emplazamiento, por esto aquélla tiene que emplear la ciencia
natural exacta. De ahí surge la apariencia engañosa de que la técnica moderna
es ciencia natural aplicada. Esta apariencia podrá seguir imponiéndose mientras
no se pregunte por el porvenir esencial de la ciencia de la época moderna
o, incluso, por la esencia de la técnica moderna.
Preguntamos por la técnica con el fin de iluminar nuestra
relación con su esencia. La esencia de la técnica moderna se muestra en lo
que llamamos estructura de emplazamiento. Sólo que señalar esto no es todavía
en modo alguno contestar a la pregunta por la técnica, si contestar significa:
corresponder, esto es, corresponder a la esencia de aquello por lo que se
pregunta.
¿A dónde nos vemos llevados cuando, dando un paso más,
reflexionamos ahora sobre lo que es en sí misma la estructura de emplazamiento
como tal? No es nada técnico, nada maquinal. Es el modo según el cual lo real
y efectivo sale de lo oculto como existencias. De nuevo preguntamos: ¿acontece
este salir de lo oculto en algún lugar que estuviera más allá de todo hacer
humano? No. Pero tampoco acontece sólo en el hombre ni de un modo decisivo por él.
La estructura de emplazamiento es lo coligante de aquel
emplazar que emplaza al hombre a hacer salir de lo oculto lo real y efectivo
en el modo del solicitar como existencias. En tanto que provocado de este
modo, el hombre está en la región esencial de la estructura de emplazamiento.
No puede de ninguna manera asumir a posteriori una relación con ella. Por
esto, la pregunta sobre cómo llegaremos a una relación con la esencia de la
técnica viene, en esta forma, siempre demasiado tarde. Pero nunca demasiado
tarde llega la pregunta sobre si nosotros nos experienciamos de un modo propio
como aquellos cuyo hacer y dejar de hacer, ya sea de un modo manifiesto o
escondido, está provocado en todas partes por la estructura de emplazamiento.
Sobre todo nunca llega demasiado tarde la pregunta sobre si nosotros nos prestamos,
y cómo nos prestamos, a aquello en lo que esencia la estructura de emplazamiento
misma.
La esencia
de la técnica moderna pone al hombre en camino de aquel hacer salir de lo
oculto por medio del cual lo real y efectivo, de un modo más o menos perceptible,
se convierte en todas partes en existencias. Poner en un camino... a esto,
en nuestra lengua, se le llama enviar. A aquel enviar coligante que es lo
primero que pone al hombre en un camino del hacer salir lo oculto lo llamamos
el sino (lo destinado). Desde aquí se determina la
esencia de toda historia acontecida. Ésta no es, ni sólo el objeto de la Historia,
ni sólo la cumplimentación del humano hacer. Éste se hace histórico sólo en
cuanto destinal (propio del sino) (cfr. Vom Wesen der Wahrheit, 1930; primera edición 1943, p. 16 y s.). Y sólo el sino que marca el representar
objetual hace que lo histórico (de la historia acontecida) se haga accesible
como objeto para la Historia, es decir, se haga una ciencia, y hace posible
la equiparación corriente entre lo histórico (de la historia acontecida) y
lo histórico (de la Historia).
Corno
provocación al solicitar, la estructura de emplazamiento destina a un modo
del hacer salir lo oculto. La estructura de emplazamiento es una destinación
del sino al igual que todo modo del hacer salir lo oculto. Sino, en el sentido
mencionado. es también el traer‑ahí‑delante, la poiesis.
El estado
de desocultamiento de lo que es va siempre por un camino del hacer salir lo
oculto. Siempre prevalece, de parte a parte, en el hombre el sino del hacer
salir lo oculto. Pero no es nunca la fatalidad de una coacción. Porque el
hombre llega a ser libre justamente en la medida en que pertenece a la región
del sino, y de este modo se convierte en uno que escucha, pero no en un oyente
sumiso y obediente.
La esencia
de la libertad no está originariamente ordenada ni a la voluntad, ni tan siquiera
a la causalidad del querer humano.
La libertad administra lo libre en el sentido de lo
despejado, es decir, de lo que ha salido de lo oculto. El acontecimiento del
hacer salir lo oculto, es decir, de la verdad, es aquello con lo que la libertad
está emparentada de un modo más cercano e íntimo. Todo hacer salir lo oculto
pertenece a un albergar y a un ocultar. Pero ocultado está, y siempre está
ocultándose, lo que libera, el misterio. Todo hacer salir lo oculto viene
de lo libre, va a lo libre y lleva a lo libre. La libertad de lo libre no
consiste ni en la desvinculación propia de la arbitrariedad ni en la vinculación
debida a meras leyes. La libertad es lo que oculta despejando, y en su despejamiento
ondea aquel velo que vela lo esenciante de toda verdad y hace aparecer el
velo como lo que vela. La libertad es la región del sino, que pone siempre
en camino un desocultamiento.
La esencia
de la técnica moderna descansa en la estructura de emplazamiento. Ésta pertenece
al sino del hacer salir lo oculto. Estas proposiciones no dicen lo que se
suele oír a menudo, que la técnica es el destino de nuestra época, donde destino
significa lo inesquivable de un proceso que no se puede cambiar.
Pero
si consideramos la esencia de la técnica, experienciaremos la estructura de
emplazamiento como un sino del hacer salir lo oculto. De este modo residimos
ya en lo libre del sino, que en modo alguno nos encierra en una sorda constricción
a impulsar la técnica de un modo ciego o, lo que es lo mismo, a rebelarnos
inútilmente contra ella y a condenarla como obra del diablo. Al contrario:
si nos abrimos de un modo propio a la esencia de la técnica, nos encontraremos sin esperarlo
cogidos por una interpelación liberadora.
La esencia
de la técnica descansa en la estructura de emplazamiento. El prevalecer de
ésta pertenece al sino. Como éste lleva en cada caso al hombre a un camino
del hacer salir lo oculto, el hombre anda siempre -es decir, está en camino-
al borde de la posibilidad de perseguir y de impulsar sólo lo que, en el solicitar,
ha salido de lo oculto y de tomar todas las medidas a partir de ahí. De este
modo se cierra la otra posibilidad, a saber, que, con el fin de experienciar como su esencia la pertenencia
al desocultamiento que él usa, el hombre más bien, más y de un modo más inicial,
se preste a la esencia de lo desocultado y a su estado de desocultamiento.
Llevado a estar entre estas dos posibilidades, el hombre
está en peligro desde el sino. El sino del hacer salir lo oculto es, como
tal, en cada uno de sus modos y por ello necesariamente, peligro.
Sea cual sea el modo como prevalece el sino del hacer
salir lo oculto, el estado de desocultamiento en el que se muestra cada vez
todo lo que es, alberga el peligro de que el hombre se equivoque con lo no
oculto y lo malinterprete. De este modo, cuando todo lo presente se presenta
a la luz de la conexión causa-efecto, incluso Dios puede perder, para el representar,
toda su sacralidad y altura, lo misterioso de su lejanía. A la luz de la causalidad,
Dios puede descender al nivel de una causa, haciéndose la causa efficiens.
Entonces, incluso dentro de los límites de la teología, se convierte en el
Dios de los filósofos, es decir, de aquellos que determinan lo no oculto y
lo oculto según la causalidad del hacer, sin pararse ahí nunca a considerar
el provenir esencial de esta causalidad.
Del mismo modo, el estado de desocultamiento según
el cual la Naturaleza se presenta como una trama efectiva y computable de
fuerzas puede, ciertamente, permitir constataciones correctas, pero, precisamente
debido a estos resultados, es posible que permanezca el peligro de que la
verdad se retire en todas direcciones.
El sino del hacer salir lo oculto no es en sí un peligro
cualquiera sino el peligro.
Pero cuando el peligro prevalece en el modo de la estructura
de emplazamiento, entonces el peligro es supremo. Se nos muestra en dos perspectivas.
Desde el momento en que lo no oculto aborda al hombre, no ya siquiera como
objeto sino exclusivamente como existencias, y desde el momento en que el
hombre, dentro de los límites de lo no objetual, es ya sólo el solicitador
de existencias, entonces el hombre anda al borde de despeñarse, de precipitarse
allí donde él mismo va a ser tomado sólo como existencia. Sin embargo, precisamente
este hombre que está amenazado así se pavonea tomando la figura del señor
de la tierra. Con ello se expande la apariencia de que todo cuanto sale al
paso existe sólo en la medida en que es un artefacto del hombre. Esta apariencia
hace madurar una última apariencia engañosa. Según ella parece como si el
hombre, en todas partes, no se encontrara más que consigo mismo. Heisenberg,
con toda razón, ha señalado que para el hombre de hoy lo real tiene que presentarse
así (vid.
op. cit., p. 60 y ss.). Sin
embargo, la verdad es que hoy el hombre no se encuentra en ninguna parte consigo
mismo, es decir, con su esencia. El hombre está de un modo tan decidido en el séquito de la provocación de
la estructura de emplazamiento, que no percibe ésta como una interpelación,
que deja de verse a sí mismo como el interpelado, y con ello deja de oír todos
los modos como él ec-siste desde su esencia en la región de una exhortación,
y con ello nunca puede encontrarse consigo
mismo.
Con todo, la estructura de emplazamiento no sólo pone
en peligro al hombre en su relación consigo mismo y con todo lo que es. Como
sino, remite esta relación al hacer salir lo oculto según el modo del solicitar.
Donde éste domina, ahuyenta toda otra posibilidad del hacer salir lo oculto.
La estructura de emplazamiento oculta sobre todo aquel hacer salir lo oculto
que, en el sentido de la poiesis, hace venir-delante, deja aparecer a lo presente. En comparación con esto,
el emplazar que provoca empuja hacia un respecto que está dirigido en el sentido
opuesto a aquello que es. Donde prevalece la estructura de emplazamiento,
la dirección y el aseguramiento de las existencias marcan con su impronta
todo hacer salir lo oculto. Llegan a hacer incluso que su propio rasgo fundamental,
a saber, este hacer salir lo oculto, no aparezca ya como tal.
De este modo, pues, la estructura de emplazamiento
que provoca no sólo oculta un modo anterior del hacer salir lo oculto, el
traer-ahí-delante, sino que oculta el hacer salir lo oculto como tal, y con
él, Aquello en lo que acaece de un modo propio el estado de desocultamiento,
es decir, la verdad.
La estructura de emplazamiento
deforma el resplandecer y el prevalecer de la verdad. El sino que destina
a la solicitación es por ello el peligro extremo. Lo peligroso no es la técnica.
No hay nada demoníaco en la técnica, lo que hay es el misterio de su esencia.
La esencia de la técnica, como un sino del hacer salir lo oculto, es el peligro.
El sentido transformado de la palabra Ge-stell (estructura de emplazamiento) se nos hará ahora tal
vez algo más familiar, si pensamos el Ge-stell en el sentido de sino
y de peligro.
Lo que
amenaza al hombre no viene en primer lugar de los efectos posiblemente mortales
de las máquinas y los aparatos de la técnica. La auténtica amenaza ha abordado
ya al hombre en su esencia. El dominio de la estructura de emplazamiento amenaza
con la posibilidad de que al hombre le pueda ser negado entrar en un hacer
salir lo oculto más originario, y de que este modo le sea negado experienciar
la exhortación de una verdad más inicial.
Así
pues, donde domina la estructura de emplazamiento, está, en su sentido supremo,
el peligro.
«Pero donde está
el peligro, crece
también lo que salva.»
Consideremos
de un modo cuidadoso las palabras de Hölderlin. ¿Qué significa «salvar»? Habitualmente
pensamos que significa sólo esto: a algo que está amenazado de sucumbir, cogerlo
en el momento justo antes de que sucumba, para asegurarlo en la persistencia
que ha tenido hasta ahora. Pero «salvar» dice más. «Salvar» es: ir a buscar
algo y conducirlo a su esencia, con el fin de que así, por primera vez, pueda
llevar a esta esencia a su resplandecer propio. Si la esencia de la técnica,
la estructura de emplazamiento, es el peligro extremo y si, al mismo tiempo,
las palabras de Hölderlin dicen verdad, entonces, el dominio de la estructura
de emplazamiento no puede agotarse sólo en la deformación de todo lucir, de
todo salir lo oculto, en la deformación de todo resplandecer de la verdad.
En este caso lo que tiene que ocurrir más bien es que precisamente la esencia
de la técnica sea lo que albergue en sí el crecimiento de lo que salva. Pero,
¿no podría ser entonces que una mirada suficiente, fijada en lo que es la
estructura de emplazamiento, en tanto que sino del salir de lo oculto, hiciera
resplandecer en su emerger a lo que salva?
¿En qué medida allí donde hay peligro crece también
lo que salva? Donde algo crece, allí tiene echadas las raíces, y desde allí
prospera. Ambas cosas acontecen de un modo oculto y callado y a su tiempo.
Pero según las palabras del poeta, no podemos esperar precisamente que allí
donde hay peligro podamos echar mano de lo que salva de un modo inmediato
y sin preparación previa. Por eso, lo primero que tenemos que hacer ahora
es considerar en qué medida, en lo que es el peligro extremo, en qué medida,
en el prevalecer de la estructura de emplazamiento lo que salva tiene sus
raíces, sus raíces más profundas además, y prospera desde ellas. Para considerar
esto es necesario que, en un último paso de nuestro camino, miremos con visión
aún más clara al peligro. En consecuencia tenemos que preguntarnos una vez
más por la técnica. Porque, según lo dicho, lo que salva echa sus raíces y
prospera en la esencia de ésta.
Pero
¿cómo vamos a ver lo que salva en la esencia de la técnica mientras no consideremos
en qué sentido de la palabra «esencia» la estructura de emplazamiento es propiamente
la esencia de la técnica?
Hasta
ahora hemos entendido la palabra «esencia» según el significado corriente.
En el lenguaje de la Filosofía de la Escuela se llama «esencia» a aquello que algo es; en latín: quid. La quidditas, la qué-idad contesta a la
pregunta por la esencia. Lo que conviene, por ejemplo, a todos los tipos de
árboles -al roble, al haya, al abedul, al abeto- es la arbolidad misma. Bajo
ésta, como género universal, caen los árboles reales y posibles. Ahora bien,
¿es la esencia de la técnica, la estructura de emplazamiento, el género común
de todo lo técnico? Si esto fuera así, entonces la turbina de vapor, la emisora
de radio, el ciclotrón serían una estructura de emplazamiento. Pero la palabra
Gestell (estructura de emplazamiento), no mienta ahora ningún aparato, ningún
tipo de maquinaria. Menos aún mienta el concepto general de tales existencias.
Las máquinas y los aparatos no son casos y tipos de la estructura de emplazamiento,
del mismo modo como tampoco lo son el hombre junto al cuadro de mandos o el
ingeniero en la oficina de la construcción. Todo esto, como parte integrante,
como existencias, como solicitante, pertenece sin duda, cada cosa a su manera,
a la estructura de emplazamiento, pero ésta no es nunca la esencia de la técnica
en el sentido de un género. La estructura de emplazamiento es un modo destinal
del hacer salir lo oculto, a saber, lo que provoca. Otro modo destinal como
éste es el hacer salir lo oculto que trae-ahí-delante, la poiesis. Pero estos
modos no son tipos que ordenados uno al lado de otro, caigan bajo el concepto
del hacer salir lo oculto. El hacer salir lo oculto es aquel sino que siempre,
súbitamente y de un modo inexplicable para todo pensar, se reparte en el traer-ahí-delante
y hacer salir lo oculto que provoca y que asigna como parte al hombre. El
hacer salir lo oculto que provoca tiene su provenir destinal en el traer-ahí-delante.
Pero al mismo tiempo, de un modo destinal, la estructura de emplazamiento
desfigura la poiesis.
De este modo, pues, la estructura de emplazamiento,
en tanto que sino del hacer salir lo oculto, si bien es la esencia de la técnica,
no lo es nunca en el sentido de género y de essentia. Si nos fijamos en esto,
nos alcanza algo sorprendente: es la técnica la que nos pide que pensemos
en otro sentido aquello que entendemos habitualmente bajo el nombre de «esencia».
Pero ¿en qué sentido?
Ya cuando decimos «las cosas de la casa» (Hauswesen:
la esencia de la casa), «los asuntos del estado» (Staatswesen: la esencia del estado), estamos pensando, no
en lo general de un género sino en el modo como la casa y el estado prevalecen,
se administran, se despliegan y decaen. Es el modo como ellas esencian. J.
P Hebel, en un poema, «Un fantasma en la calle Kander», que Goethe amaba de
un modo especial, emplea la antigua palabra die
Weserei (literalmente: «la
esenciería»). Significa el Ayuntamiento, en la medida en que allí se coliga
la vida del municipio y está en juego, es decir, esencia la vida del pueblo.
Del verbo wesen (esenciar) procede el sustantivo. Wesen (esencia), entendido como verbo, es lo mismo que währen (durar); no sólo semánticamente sino también en su composición fonética.
Ya Sócrates y Platón piensan la esencia de algo como lo que esencia en el
sentido de lo que dura. Pero piensan lo que dura como lo que perdura (ÜeŽ nö). Pero lo que perdura lo encuentran en aquello
que, en tanto que permanece, resiste a cualquier cosa que pueda ocurrir. Esto
que permanece lo descubren a su vez en el aspecto (wodåe, a¡dÞ), por ejemplo, en
la idea de «casa».
En ella se muestra aquello que está hecho al
modo de la casa. Cada una de las casas, las casas reales y posibles, son,
en cambio, modificaciones cambiantes y perecederas de la «idea», y pertenecen
por tanto a lo que no dura.
Ahora bien, jamás se podrá fundamentar de ningún
modo que lo que dura tenga que basarse única y exclusivamente en lo que Platón
piensa como la a¡dÞ, Aristóteles como
òt Ût n ianäe (aquello
que cada cosa era ya), lo que la Metafísica, en las más diversas exégesis,
piensa como essentia.
Todo lo que esencia dura. Pero ¿lo que dura es sólo
lo que perdura? ¿Dura la esencia de la técnica en el sentido del perdurar
de una idea que planee por encima de todo lo técnico, de tal modo que a partir
de ahí surja la apariencia de que el nombre «la técnica» mienta algo abstracto
místico? El modo como la técnica esencia sólo se puede descubrir mirando aquel
perdurar en el que acaece de un modo propio la estructura de emplazamiento
como un sino del hacer salir lo oculto. Goethe usa en una ocasión (Las afinidades electivas, II parte, cap. 10, en el relato «Los
extraños hijos del vecino») en lugar de «fortwähren»
(«perdurar») la misteriosa palabra «fortgewähren»
(«perotorgar»). Su oído oye aquí «währen»
(«durar») y «gewähren» (otorgar) en un acorde inexpresado.
Ahora bien, si consideramos de un modo más reflexivo que como lo hemos hecho
hasta ahora lo que propiamente dura y, tal vez, lo único que dura, entonces
podremos decir: sólo lo otorgado (das Gewährte) dura. Lo que dura de un modo inicial desde lo
temprano es lo que otorga.
En tanto lo que esencia de la técnica, la estructura
de emplazamiento es lo que dura. ¿Prevalece ésta incluso en el sentido de
lo que otorga? La pregunta misma parece ser un error evidente. Porque la estructura
de emplazamiento, según todo lo dicho, es un sino que coliga en el hacer salir
lo oculto que provoca. Provocar es todo menos otorgar. Así parece que parece
mientras no nos fijemos en que también el provocar a la solicitación de lo
real y efectivo como existencias no deja de ser un destinar que lleva al hombre
a un camino del salir de lo oculto. Como tal sino, lo esenciante de la técnica,
hace entrar al hombre en algo tal que éste, por sí mismo, no puede ni inventar
ni hacer; porque algo así como un hombre que únicamente desde sí mismo es
sólo hombre, no existe.
Ahora bien, si este sino, la estructura de emplazamiento,
es el peligro extremo, no sólo para el ser humano sino también para todo hacer
salir lo oculto como tal, ¿se puede seguir llamando aún a este destinar un
otorgar? Ciertamente, y más aún cuando en este sino tenga que crecer lo que
salva. Todo sino un hacer salir de lo oculto acaece de un modo propio desde
el otorgar y como tal otorgar. Porque sólo éste aporta al hombre aquella participación
en el salir lo oculto a la luz que es la que necesita (y usa) el acaecimiento
propio del desocultamiento. En tanto que necesitado (y usado) de este modo,
el hombre está asignado como propio al acaecimiento propio de la verdad. Lo
otorgante, lo que destina de este o de aquel modo al hacer salir lo oculto
es, como tal, lo que salva. Porque este que salva hace que el hombre mire
e ingrese en la suprema dignidad de su esencia. Ella reside en esto: cobijar
sobre esta tierra el estado de desocultamiento -y con él, antes que nada,
el estado de ocultamiento- de toda esencia. Precisamente en la estructura
de emplazamiento que amenaza con arrastrar al hombre al solicitar como presunto
modo único del hacer salir lo oculto y que de esta manera empuja al hombre
al peligro de abandonar su esencia libre, precisamente en este extremo peligro
viene a comparecer la más íntima, indestructible pertenencia del hombre a
lo que otorga, siempre que nosotros, por nuestra parte, empecemos a atender
a la esencia de la técnica.
De este
modo, y sin que nosotros lo sospechemos en lo más mínimo, lo esenciante de
la técnica alberga en sí el posible emerger de lo que salva.
De ahí
que todo esté en que nos pongamos a pensar el emerger y en que, rememorándolo,
lo cobijemos. ¿Cómo acontece esto? Antes que nada descubriendo con la mirada
lo esenciante de la técnica en vez de limitarnos sólo a mirar fijamente lo
técnico. Mientras representemos la técnica como un instrumento, seguiremos
pendientes de la voluntad de adueñarnos de ella. Pasamos de largo de la esencia
de la técnica.
En cambio,
si nos preguntamos de qué modo lo instrumental esencia como un tipo de lo
causal, entonces experienciamos lo que esencia como el sino de un hacer salir
lo oculto.
Si consideramos
finalmente que lo que esencia de la esencia acaece de un modo propio en lo
que otorga, que pone en uso al hombre llevándolo a tomar parte en el hacer
salir lo oculto, entonces se ve que:
La esencia
de la técnica es ambigua en un alto sentido. Esta ambigüedad señala en dirección
al misterio de todo hacer salir lo oculto, es decir, de la verdad.
En primer
lugar, la estructura de emplazamiento provoca la furia del solicitar que desfigura
toda mirada dirigida al acaecimiento propio del desocultamiento, y de este
modo, pone en peligro desde su fundamento el respecto a la esencia de la verdad.
En segundo
lugar, la estructura de emplazamiento. por su parte acaece de un modo propicio
en lo otorgante que -hasta ahora de un modo no experienciado, pero en el futuro
quizás de un modo más experienciado- hace durar al hombre en el ser puesto
en uso para el acaecer de verdad de la esencia de la verdad. De este modo
viene a comparecer el emerger de lo que salva.
Lo incesante
del solicitar y lo retenido de lo que salva pasan uno al lado de otro como,
en la marcha de los astros, la trayectoria de dos estrellas. Ahora bien, este
pasar uno al lado del otro es lo oculto de su cercanía.
Si dirigimos
la mirada a la esencia ambigua de la técnica, avistaremos (descubriremos con
la mirada) la constelación, el curso estelar del misterio.
La pregunta
por la técnica es la pregunta por la constelación en la que acaecen de un
modo propio el hacer salir lo oculto y el ocultamiento, en la que acaece de
un modo propicio lo esenciante de la verdad.
Pero
¿de qué nos sirve la mirada a la constelación de la verdad? Miramos al peligro
y descubrimos con la mirada el crecimiento de lo que salva.
Con
ello todavía no estamos salvados. Pero estamos bajo la interpelación de esperar,
al acecho, en la creciente luz de lo que salva. ,Cómo puede acontecer esto?
Aquí y ahora, y en lo insignificante, de esta forma: abrigando lo que salva
en su crecimiento. Esto implica que en todo momento mantengamos ante la vista
el extremo peligro.
Lo esenciante
de la técnica amenaza el hacer salir lo oculto, amenaza con la posibilidad
de que todo salir de lo oculto emerja en el solicitar y que todo se presente
en el estado de desocultamiento de las existencias. El hacer del hombre no
puede nunca encontrarse de un modo inmediato con este peligro. Los logros
del hombre no pueden nunca conjurar ellos solos este peligro. Sin embargo,
la meditación del hombre puede considerar que todo lo que salva tiene que
ser de una esencia superior a lo amenazado y al mismo tiempo estar emparentado
con él.
En medio
del peligro que, en la época de la técnica, más bien se oculta que no se muestra,
¿un hacer salir lo oculto más inicial sería capaz tal vez de llevar a lo que
salva a su primer lucir?
Antes no sólo la técnica llevaba el nombre de
tejne. Antes se llamaba tejne también a aquel
hacer salir oculto que trae-ahí-delante la verdad, llevándola al esplendor
de lo que luce.
Antes se llamaba tejne también al traer lo verdadero
ahí delante en lo bello. tejne se llamaba también a la poiesis de las bellas artes.
En el comienzo del sino de Occidente, en Grecia,
las artes ascendieron a la suprema altura del hacer salir de lo oculto a ellas
otorgada. Trajeron la presencia de los dioses, trajeron a la luz la interlocución
del sino de los dioses y de los hombres. Y al arte se le llamaba sólo tejne.
Era un único múltiple salir de lo oculto. Era piadoso, womñrp, es decir,
dócil al prevalecer y a la preservación de la verdad.
Las artes no procedían de lo artístico. Las obras
de arte no eran disfrutadas estéticamente. El arte no era un sector de la
creación cultural. ¿Qué era el arte? ¿Tal vez sólo para breves pero altos
tiempos? ¿Por qué llevaba el sencillo nombre de tejne? Porque era un hacer
salir lo oculto que trae de y que trae ahí delante y por ello pertenecía a
la poiesis. Este nombre lo recibió al fin como nombre propio aquel hacer salir
lo oculto que prevalece en todo arte de lo bello, la poesía, lo poético.
El mismo poeta de quien escuchamos las palabras:
«Pero
donde hay peligro, crece
también lo que salva.»
nos dice:
«...poéticamente mora el hombre en esta tierra».
Lo poético
lleva lo verdadero al esplendor de aquello que Platón, en Fedro, llama òt notats¡nafk¤, lo
que aparece de un modo más puro. Lo poético penetra con su esencia todo arte,
todo hacer salir lo que esencia al entrar en lo bello.
¿Debieron
ser llamadas las bellas artes al poético hacer salir de lo oculto? ¿El hacer
salir de lo oculto tenia que interpretarlas de un modo más inicial para que,
de esta forma, protegieran de un modo propio, en su parte, el crecimiento
de lo que salva, despertaran de nuevo y fundaran la mirada y la confianza
en lo que otorga?
Si al arte, en medio del extremo peligro, le está otorgada
esta suprema posibilidad de su esencia, es algo que nadie es capaz de saber.
Pero podemos sorprendernos. ¿De qué? De la otra posibilidad. De que en todas
partes se instale la furia de la técnica, hasta que un día, a través de todo
lo técnico, la esencia de la técnica esencie en el acaecimiento propio de
la verdad.
Como la esencia de la técnica no es nada técnico, la
meditación esencial sobre la técnica y la confrontación decisiva con ella
tienen que acontecer en una región que, por una parte, esté emparentada con
la esencia de la técnica y, por otra, no obstante, sea fundamentalmente distinta
de ella.
Esta región es el arte. Aunque, sin duda, sólo cuando,
por su parte, la meditación sobre el arte no se cierre a la constelación de
la verdad por la que nosotros preguntamos.
Preguntando de este modo damos testimonio de este estado
de necesidad: que nosotros, con tanta técnica, aún no experienciamos lo esenciante
de la técnica; que nosotros, con tanta estética, ya no conservamos lo esenciante
del arte. Sin embargo, cuanto mayor sea la actitud interrogativa con la que
nos pongamos a pensar la esencia de la técnica, tanto más misteriosa se hará
la esencia del arte.
Cuanto más nos acerquemos al peligro, con mayor claridad
empezarán a lucir los caminos que llevan a lo que salva, más intenso será
nuestro preguntar. Porque el preguntar es la piedad del pensar.