Roland Barthes
El mensaje fotográfico
La fotografía periodística es un mensaje. El
conjunto de ese mensaje está constituido por una fuente emisora, un canal
de transmisión y un medio receptor. La fuente emisora es la redacción del
diario, el grupo de técnicos, algunos de los cuales sacan la fotografía, otros
la seleccionan, la componen, la tratan y otros, por fin, le ponen un título,
le agregan una leyenda y la comentan. El medio receptor es el público que
lee el diario. Y el canal de transmisión, el diario mismo, o más precisamente,
un complejo de mensajes concurrentes, cuyo centro es la fotografía y cuyos
contornos están representados por el título, la leyenda, la compaginación,
y de manera más abstracta, pero no menos, el nombre mismo del diario (pues
ese nombre constituye un saber que puede desviar notablemente la lectura del
mensaje propiamente dicho: Una foto puede cambiar de sentido al pasar de L’Aurore
a L’Humanité)*(*Dos diarios franceses, de derecha y del Partido Comunista,
respectivamente [N. del T.]).
Estas constataciones no son indiferentes, pues
vemos claramente que las tres partes tradicionales del mensaje no exigen el
mismo método de exploración. Tanto la emisión como la recepción del mensaje
dependen de una sociología: se trata de estudiar grupos humanos, de definir
móviles, actitudes y de intentar relacionar el comportamiento de esos grupos
con la sociedad total de la que forman parte. Pero para el mensaje en sí,
el método debe ser diferente: cualquiera sea el origen y el destino del mensaje,
la fotografía no es tan sólo un producto o una vía, sino también un objeto
dotado de una autonomía estructural. Sin pretender en lo más mínimo separar
este objeto de su uso, es necesario prever en este caso un método particular,
anterior al análisis sociológico mismo, y que no puede ser sino el análisis
inmanente de esa estructura original que es una fotografía. Es evidente que
incluso desde el punto de vista de un análisis puramente inmanente, la estructura
de la fotografía no es una estructura aislada; se comunica por lo menos con
otra estructura, que es el texto (título, leyenda o artículo) que acompaña
toda fotografía periodística. Por consiguiente, la totalidad de la información
está sostenida por dos estructuras diferentes (una de las cuales es lingüística);
estas dos estructuras son concurrentes, pero como sus unidades son heterogéneas,
no pueden mezclarse; en un caso (el texto) la sustancia del mensaje está constituida
por palabras; en el otro (la fotografía), por líneas, planos, tintes. Además,
las dos estructuras del mensaje ocupan espacios reservados, contiguos, pero
no , como por ejemplo en un jeroglífico que funde en una sola línea la lectura
de las palabras y las imágenes. De este modo, y aunque no haya nunca fotografías
periodísticas sin comentario escrito, el análisis debe apuntar en primer término
a cada estructura por separado; y sólo cuando se haya agotado el estudio de
cada estructura podrá entenderse la forma en que se complementan. De estas
dos estructuras, una, la de la lengua, ya es conocida (lo que no se conoce
es la de la que constituye el habla del diario; en este sentido queda aún
un enorme trabajo por realizar); la otra, la de la fotografía propiamente
dicha, es prácticamente desconocida. Nos limitaremos aquí a definir las primeras
dificultades de un análisis estructural propiamente dicho.
La paradoja fotográfica
¿Cuál es el contenido del mensaje fotográfico?
¿Qué transmite la fotografía? Por definición, la esencia en sí, lo real literal.
Del objeto a su imagen hay por cierto una reducción: de proporción, de perspectiva
y de color. Pero esta reducción no es en ningún momento una transformación
(en el sentido matemático del término). Para pasar de lo real a su fotografía,
no es necesario segmentar esa realidad en unidades y erigir esas unidades
en signos sustancialmente diferentes del objeto cuya lectura proponen. Entre
ese objeto y su imagen, no es necesario disponer de un relevo (relais), es
decir de un código. Si bien es cierto que la imagen no es lo real, es por
lo menos su analogon perfecto, y es precisamente esa perfección analógica
lo que, para el sentido común, define la fotografía. Aparece así la característica
particular de la imagen fotográfica: es un mensaje sin código, proposición
de la cual es preciso deducir de inmediato un corolario importante: el mensaje
fotográfico es un mensaje continuo. ¿Existen otros mensajes sin código? A
primera vista sí: precisamente todas las reproducciones analógicas de la realidad:
dibujos, pinturas, cine, teatro. Pero en realidad, cada uno de estos mensajes
desarrolla de manera inmediata y evidente, además del contenido analógico
en sí (escena, objeto, paisaje), un mensaje suplementario, que es lo que llamaremos
corrientemente estilo de la reproducción. Se trata en este caso de un sentido
secundario.
En
suma, todas las imitativas contienen dos mensajes: un mensaje denotado que
es el analogon en sí, y el mensaje connotado, que es la manera como la sociedad
hace leer, en cierta medida, lo que piensa. Esta dualidad de los mensajes
es evidente en todas las reproducciones no fotográficas: no hay dibujo cuya
exactitud misma no se convierta en estilo; no hay escena filmada cuya objetividad
no sea finalmente leída como el signo mismo de la objetividad. Tampoco en
este caso se llevó a cabo el estudio de estos mensajes connotados (en primer
lugar habría que decidir si lo que se llama obra de arte puede reducirse a
un sistema de significaciones). Sólo puede preverse que en el caso de que
todas estas artes imitativas sean comunes, es verosímil que el código del
sistema connotado esté constituido ya sea por una simbólica universal, ya
sea por una retórica de época, en una palabra, por una reserva de estereotipos
(esquemas, colores, grafismos, gestos, expresiones, agrupaciones de elementos).
Ahora bien, en principio nada de todo esto se da en la fotografía, en todo
caso en la fotografía periodística que no es nunca fotografía . Al hacerse
pasar por una analogía mecánica de lo real, en cierta medida, su mensaje primario
llena por completo su sustancia y no deja lugar para el desarrollo de un mensaje
secundario. En suma, de todas las estructuras de información1, la fotografía
sería la única que está exclusivamente constituida y ocupada por un mensaje
, que agotaría por completo su ser. Ante una fotografía, el sentimiento de
, o si se prefiere, de plenitud analógica, es tan fuerte, que su descripción
es literalmente imposible, puesto que describir es precisamente adjuntar al
mensaje denotado, un relevo o un mensaje secundario, tomado de un código que
es la lengua, y que constituye fatalmente, por más cuidados que se tomen para
ser exactos, una connotación
Se trata, por supuesto, de estructuras culturalizadas,
y no de estructuras operacionales: la matemática, por ejemplo, constituye
una estructura denotada, sin ninguna connotación: pero si la sociedad de masa
se apodera de ella y dispone, por ejemplo, una fórmula algebraica en un artículo
dedicado a Einstein, este mensaje, de origen puramente matemático, se carga
de una fuerte connotación, puesto que significa la ciencia.
Lo análogo fotográfico: por consiguiente, describir
no es tan sólo ser inexacto o incompleto, sino cambiar de estructura, significar
algo distinto de lo que se muestra (2). Ahora bien, este carácter de la fotografía,
la perfección y la plenitud de su analogía, en una palabra su (es decir las
características que el sentido común asigna a la fotografía) corren el riesgo
de ser míticos, pues de hecho, hay una gran probabilidad (y esto será una
hipótesis de trabajo) de que el mensaje fotográfico (al menos el mensaje periodístico)
sea connotado. La connotación no se deja necesariamente captar de inmediato
a nivel de mensaje en sí (es, si se quiere, a la vez invisible y activa, clara
e implícita), pero se la puede inducir de ciertos fenómenos que tienen lugar
a nivel de la producción y de la recepción del mensaje: por una parte, una
fotografía periodística es un objeto de trabajo, seleccionado, compuesto,
construido, tratado según normas profesionales, estéticas o ideológicas, que
son otros tantos factores de connotación; y por otra, esta misma fotografía
no es solamente percibida, recibida, sino también leída, relacionada más o
menos conscientemente por el público que la consume, con una reserva tradicional
de signos. Ahora bien, todo signo supone un código, y es precisamente este
código (de connotación) lo que habría que tratar de establecer. La paradoja
fotográfica sería entonces la coexistencia de dos mensajes, uno sin código
(lo análogo fotográfico) y el otro con código (o el tratamiento, o la retórica
fotográfica). Estructuralmente, la paradoja no es la colusión de un mensaje
denotado y de mensaje connotado: esa es la característica probablemente fatal
de todas las comunicaciones de masa. Lo que sucede es que el mensaje connotado
(o codificado) se desarrolla en este caso a partir de un mensaje sin código.
Esta paradoja estructural coincide con una paradoja ética. nos esforzamos
por copiar minuciosamente lo real como si lo analógico fuera un factor que
se resiste a la incorporación de valores (esta es, al menos, la definición
de lo estético). ¿Cómo la fotografía puede ser al mismo tiempo y contener
valores, naturales y culturales? Esta pregunta podrá tal vez ser contestada
sólo cuando haya sido posible captar el modo de imbricación del mensaje denotado
y del mensaje connotado. Pero para emprender este trabajo hay que recordar
que, en la fotografía, el mensaje denotado es absolutamente analógico, es
decir, que no recurre a código alguno, es continuo; por consiguiente, no hay
motivos para buscar las unidades significantes del primer mensaje. Por el
contrario, el mensaje connotado contiene un plano de expresión y un plano
de contenido, significantes y significados: obliga pues a un verdadero desciframiento.
Este desciframiento sería actualmente prematuro, pues para aislar las unidades
significantes y los temas (o valores) significados, habría que realizar lecturas
dirigidas (quizás por medio de tests), haciendo variar artificialmente ciertos
elementos de la fotografía para observar si esas variaciones de forma provocan
variaciones de sentido.
La connotación, es decir la imposición de un
sentido secundario al mensaje fotográfico propiamente dicho, se elabora en
los diferentes niveles de producción de la fotografía (selección, tratamiento
técnico, encuadre, compaginación): es, en suma, una codificación de lo analógico
fotográfico. Es posible, por consiguiente, ir desentrañando procedimientos
de connotación. Es más fácil describir un dibujo, puesto que se trata, en
suma, de describir una estructura ya connotada, trabajada con miras a una
significación codificada. Quizá sea este el motivo por el cual los tests psicológicos
utilizan muchos dibujos y muy pocas fotografías.
Estos procedimientos no tienen nada que ver
con unidades de significación, tales como un ulterior análisis semántico permitirá
quizás definirlas: estrictamente hablando, no forman parte de la estructura
fotográfica. Estos procedimientos son conocidos; nos limitaremos a traducirlos
en términos estructurales.
En rigor, habría que separar los tres primeros
(trucaje, pose, objetos) de los tres últimos (fotogenia, esteticismo, sintaxis),
puesto que en esos tres primeros procedimientos, lo que produce las connotaciones
es una modificación de lo real, es decir, del mensaje denotado (es evidente
que este preparativo no es propio de la fotografía). Sin embargo, si se los
incluye en los procedimientos de connotación fotográfica, es porque ellos
también se benefician con el prestigio de la denotación: La fotografía permite
que el fotógrafo esquive la preparación que impone a la escena que va a captar.
Pero no por eso, desde el punto de vista de un ulterior análisis estructural,
puede asegurarse que sea posible tener en cuenta el material que entregan.
1. Trucaje. En 1951, una fotografía ampliamente difundida
en los periódicos norteamericanos, costaba su banca, según parece, al senador
Millard Tydings; esta fotografía representaba al senador conversando con el
líder comunista Earl Browder. Se trataba, en realidad, de una foto trucada,
constituida por el acercamiento artificial de los dos rostros. El interés
metódico del trucaje consiste en que interviene, sin dar aviso, dentro del
mismo plano de denotación; utiliza la credibilidad particular de la fotografía,
que no es, como vimos, más que su excepcional poder de denotación, para hacer
pasar por simplemente denotado un mensaje que no es; no hay ningún otro tratamiento
en el que la connotación adopte en forma tan completa la máscara de la denotación.
Es evidente que la significación sólo es posible
en la medida que existe una reserva de signos, un esbozo de código; en este
caso, el significante es la actitud (la conversación) de los dos personajes;
señalaremos que esta actitud no se convierte en signo más que para una cierta
sociedad, es decir sólo frente a determinados valores: lo que transforma el
gesto de los interlocutores en signo de una familiaridad condenable es el
anticomunismo puntilloso del electorado americano; en otras palabras, el código
de connotación no es ni artificial (como una lengua verdadera), ni natural:
es histórico.
2.
Pose. Veamos una fotografía
periodística ampliamente difundida en el momento de las últimas elecciones
norteamericanas (Se recordará que este artículo es de 1961. [N. del T.] )
es el busto del presidente Kennedy visto de perfil, los ojos hacia lo alto,
las manos juntas. En este caso, lo que prepara la lectura de los significados
de connotación es la pose misma del sujeto: juventud, espiritualidad, pureza.
La fotografía no es por cierto significante más que porque existe una reserva
de actitudes estereotipadas que constituyen elementos de significación ya
preparados (mirada hacia lo alto, manos juntas);
Como se dijo, la pose no es un procedimiento
específicamente fotográfico, pero es difícil dejar de nombrarlo, en la medida
en que su efecto proviene del principio analógico que fundamentará la fotografía:
el mensaje no es aquí sino el lector recibe como simple denotación lo que
de hecho es una estructura doble, denotada-connotada.
3. Objetos. Tenemos que reconocer aquí una
importancia particular a lo que podría llamarse la pose de los objetos, puesto
que el sentido connotado surge entonces de los objetos fotografiados (ya sea
que el fotógrafo haya tenido la oportunidad de disponer artificialmente esos
objetos frente al objetivo, ya sea que entre varias fotografías el compaginador
elija la de tal o cual objeto). Lo interesante es que esos objetos son inductores
corrientes de asociaciones de ideas (biblioteca = intelectual), o, de manera
más oscura, verdaderos símbolos (la puerta de la cámara de gas de Chessmann
remite a la puerta fúnebre de las antiguas mitologías). Estos objetos constituyen
excelentes elementos de significación: por una parte, son discontinuos y complejos
en sí mismos, lo cual para un signo es una cualidad física; y por otra, remite
a significados claros, conocidos. Por consiguiente, son los elementos de un
verdadero léxico, estables al punto de poder constituirse fácilmente en sintaxis.
Veamos por ejemplo una serie de objetos: una ventana abierta sobre techos
de tejas, un paisaje de viñedos; ante la ventana, un álbum de fotografías,
una lupa, un jarro con flores; estamos pues en el campo, al sur de la Loire
(viñedos y tejas), en una casa burguesa (flores sobre la mesa), cuyo anciano
morador (lupa) revive sus recuerdos (álbum de fotografías): se trata de Franáois
Mauriac en Malagar (foto aparecida en Paris-Match). En alguna medida, la connotación
de todas esas unidades significantes como si se tratase sin embargo de una
escena inmediata y espontánea, es decir insignificante; se encuentra explicitada
en el texto, que desarrolla el tema de los vínculos que unen a Mauriac con
la tierra. Es posible que el objeto ya no posea una fuerza, pero posee con
toda seguridad un sentido.
4. Fotogenia. Ya se hizo la teoría de la fotogenia (Edgar
Morin en Le Cinéma ou l’Homme imaginaire) y no es este el lugar para insistir
acerca de la significación general de este procedimiento. Bastará definir
la fotografía en términos de estructura informativa: en la fotogenia, el mensaje
connotado está en la imagen misma, (es decir en general sublimada), por técnicas
de iluminación, de impresión y de revelado. Sería necesario hacer un recuento
de estas técnicas, sólo en la medida en que a cada una de ellas corresponde
un significado de connotación suficientemente constante como para poder ser
incorporado a un léxico cultural de los técnicos.
Este recuento sería además una excelente ocasión
para distinguir los efectos estéticos de los efectos significantes -salvo
que se llegue a la conclusión de que en fotografía, contrariamente a las intenciones
de los fotógrafos de exposición, no hay nunca arte sino siempre sentido- lo
que opondría precisamente, según un criterio preciso, la buena pintura, así
fuese marcadamente figurativa, a la fotografía.
5. Esteticismo. Aparentemente, sólo puede hablarse de esteticismo
en fotografía de manera ambigua: cuando la fotografía se hace pintura, es
decir composición o sustancia visual deliberadamente tratada, ya sea para
significarse a sí misma como (es el caso del de comienzos de siglo), ya sea
para imponer un significado por lo general más sutil y más complejo de lo
que lo permiten otros procedimientos de connotación. Así por ejemplo, Cartier-Bresson
representó el recibimiento que los fieles de Lisieux tributaron al Cardenal
Pacelli como un cuadro antiguo; pero esta fotografía no es en absoluto un
cuadro. Por una parte, su esteticismo manifiesto remite (maliciosamente) a
la idea misma de cuadro (lo cual es contrario a toda pintura verdadera), y
por otra, la composición significa aquí, abiertamente, una cierta espiritualidad
estática, traducida en términos de espectáculo objetivo. En este caso vemos
además la diferencia entre la fotografía y la pintura:
Es erto que en algunas pinturas puede haber
elementos de código, figuras de retórica, símbolos de época; pero no unidades
significantes que remitan a la espiritualidad, que es una manera de ser, no
el objeto de un mensaje estructurado.
-6. Sintaxis. Ya hablamos de una lectura discursiva de
objetos-signos dentro una misma fotografía; es natural que varias fotografías
puedan transformarse en secuencia (es el caso corriente de las revistas ilustradas);
el significante de connotación ya no se encuentra entonces a nivel de ninguno
de los fragmentos de la secuencia, sino a nivel (suprasegmental como dirían
los lingüistas) del encadenamiento. Veamos cuatro instantáneas de una cacería
presidencial en Rambouillet; en cada una de ellas el ilustre cazador (Vincent
Auriol) apunta su fusil en una dirección imprevista, con gran peligro para
los guardias que huyen o se tiran al suelo: la secuencia (y sólo ella) ofrece
como lectura una situación cómica, que surge, según un procedimiento bien
conocido, de la repetición y de la variación de las actitudes. En este sentido
señalaremos que la fotografía solitaria es rara vez (es decir difícilmente)
cómica, al contrario del dibujo; lo cómico necesita movimiento, es decir repetición
(lo que es fácil en el cine), o tipificación (lo que es posible en el dibujo),
y estas dos le están vedadas a la fotografía.
El texto y la imagen
Tales son los principales procedimientos de
connotación de la imagen fotográfica (repitamos una vez más que se trata de
técnicas, no de unidades). Podemos agregar de modo constante el texto mismo
que acompaña la fotografía periodística. Se imponen aquí tres observaciones.
En primer lugar la siguiente: el texto constituye un mensaje parásito, destinado
a connotar la imagen, es decir, a uno o varios significados secundarios. En
otras palabras, y eso representa un vuelco histórico importante, la imagen
ya no ilustra la palabra; es la palabra que, estructuralmente, es parásita
de la imagen. Este vuelco tiene su precio: en las formas tradicionales la
imagen funcionaba como una vuelta episódica a la denotación, a partir de un
mensaje principal (el texto) sentido como connotado, puesto que necesitaba,
precisamente, una ilustración; en la relación actual, la imagen no viene a
aclarar a la palabra; es la palabra que viene a sublimar, patetizar o racionalizar
la imagen; pero como esta operación se hace a título accesorio, el nuevo conjunto
informativo parece fundarse principalmente en un mensaje objetivo (denotado),
del cual la palabra no es más que una suerte de vibración secundaria, casi
inconsecuente. Antes, la imagen ilustraba el texto (lo hacía más claro); hoy
en día el texto hace más pesada la imagen, le impone una cultura, una moral,
una imaginación; antes había una reducción del texto a la imagen, hoy, una
amplificación de una a otra: la connotación ya no se vive más que como la
resonancia natural de la denotación fundamental constituida por la analogía
fotográfica. Nos encontramos pues frente a un proceso caracterizado de naturalización
de lo cultural.
Otra observación: el efecto de connotación
es probablemente diferente según el modo de presentación de la palabra; cuanto
más cerca se encuentra de la imagen, menos parece connotarla; atrapado en
alguna medida por el mensaje iconográfico, el mensaje verbal parece participar
de su objetividad, la connotación del lenguaje se vuelve a través de la denotación
de la fotografía.
Es cierto que no hay nunca una verdadera incorporación,
puesto que las sustancias de ambas estructuras (en un caso gráfica, en el
otro icónica) son irreductibles; pero es probable que en esa amalgama existan
grados, es posible que la leyenda tenga un efecto de connotación menos evidente
que la de los títulos o los artículos; título y artículo se separan sensiblemente
de la imagen, el título por su impresión, el artículo por su distancia, uno
porque rompe, el otro porque aleja el contenido de la imagen; la leyenda,
por el contrario, por su misma disposición, por su medida promedio de lectura,
parece reforzar la imagen, es decir, participar en su denotación.
¿Cuál es la relación que estos significados
de connotación mantienen con la imagen? Aparentemente se trata de una explicación,
es decir, en cierta medida, de un énfasis; en efecto, la mayoría de las veces
el texto no hace más que amplificar un conjunto de connotaciones que ya están
incluidas en la fotografía; pero también a veces el texto produce (inventa)
un significado enteramente nuevo y que de alguna manera se proyecta retroactivamente
en la imagen, hasta el punto de parecer denotado. A veces, la palabra puede
también llegar a contradecir la imagen del modo de producir una connotación
compensatoria. Una análisis de Gerbner (The social anatomy of the romance
confession cover-girl) mostró que en ciertas revistas sentimentales, el mensaje
verbal de los títulos de la tapa (de contenido sombrío y angustioso) acompañaba
siempre la imagen de una cover-girl radiante; los dos mensajes entran aquí
en un compromiso; la connotación tiene una función reguladora, preserva el
juego irracional de la proyección-identificación.
Hemos visto que, verosímilmente, el código
de connotación es histórico. En él los signos son gestos, actitudes, expresiones,
colores o efectos, provistos de ciertos sentidos en virtud del uso de una
cierta sociedad: la relación entre el significante y el significado, es decir
la significación, es, si no inmotivada, al menos enteramente histórica. Por
consiguiente, no puede decirse que el hombre moderno proyecte en la lectura
de la fotografía sentimientos y valores caracterológicos o , es decir infra
o trans-históricos, más que si se precisa con toda claridad que la significación
es siempre elaborada por una sociedad y una historia definidas; la significación
es, en suma, el movimiento dialéctico que resuelve la contradicción entre
el hombre cultural y el hombre natural. Por consiguiente, gracias a su código
de connotación, la lectura de la fotografía es siempre histórica; depende
del lector, como si se tratara de una lengua verdadera, inteligible sólo si
se conocen sus signos. En resumidas cuentas, el lenguaje fotográfico no dejaría
de recordar ciertas lenguas ideográficas, en las cuales unidades analógicas
y unidades descriptivas están mezcladas, con la diferencia de que el ideograma
es vivido como un signo, en tanto que el fotográfico pasa por ser denotación
pura y simple de la realidad. Encontrar este código de connotación sería,
entonces, aislar, enumerar y estructurar todas las partes de la superficie
fotográfica cuya discontinuidad misma depende de un cierto saber del lector,
o , si se prefiere, de su situación cultural. Ahora bien, en esta tarea quizá
sea necesario llegar bastante lejos. Nada indica que en la fotografía haya
partes o que la insignificancia completa de la fotografía sea quizá totalmente
excepcional. Para resolver este primer problema, habría que dilucidar en primer
término los mecanismos de lectura (en el sentido físico y semántico de término),
o, si se prefiere, de percepción de la fotografía. Ahora bien, en este sentido
no sabemos gran cosa: ¿cómo leemos una fotografía? ¿Qué percibimos? ¿En qué
orden, según qué itinerario? ¿Qué es incluso percibir? Sí, según ciertas hipótesis
de Bruner y Piaget, no hay percepción sin categorización inmediata, la fotografía
se verbaliza en el momento mismo en que se percibe; o, mejor dicho, no se
percibe más que verbalizada (si la verbalización tarda, se produce un desorden
de la percepción, interrogación, angustia del sujeto, traumatismo, según la
hipótesis de G. Cohen-Séat a propósito de la percepción fílmica). Desde este
punto de vista, la imagen captada de inmediato por un metalenguaje interior
-la lengua-, no conocería en suma ningún estado denotado. Socialmente, sólo
existiría sumergida por lo menos en una primera connotación, precisamente
la de las categorías de la lengua; y se sabe que toda lengua toma partido
a favor de las cosas, que connota lo real, aunque más no fuera segmentándolo;
por consiguiente, las connotaciones de la fotografías coincidirían, en términos
generales, con los grandes planos de connotación del lenguaje.
De esta suerte, además de la connotación, hipotética
pero posible, se encontrarían modos de connotación más particulares. En primer
término, una connotación, cuyos significantes estarían seleccionados, localizados,
en ciertas partes del analogon: ante tal vista de ciudad, sé que estoy en
un país del norte de África, porque veo a la izquierda un cartel escrito en
caracteres arábigos, en el centro un hombre vestido con una gandurah, etc.;
en este caso la lectura depende estrechamente de mi cultura, de mi conocimiento
del mundo; y es probable que una buena foto periodística (y todas lo son,
puesto que están seleccionadas) juegue con el saber supuesto de sus lectores,
eligiendo los clichés que contienen la mayor cantidad posible de informaciones
de este tipo, de manera de euforizar la lectura. Al hombre le gustan los signos,
y le gustan claros.
Connotación perceptiva, connotación cognitiva:
queda aún el problema de la connotación ideológica (en el sentido amplio del
término) o ética, que introduce en la lectura de la imagen razones o valores.
Se trata de una connotación fuerte, exige un significante muy elaborado, casi
diríamos sintáctico: encuentro de personajes (lo vimos a propósito del trucaje),
desarrollo de actitudes, constelación de objetos. El hijo del Shah de Persia
acaba de nacer: en la fotografía vemos: la realeza (cuna dorada por una multitud
de servidores que la rodean), la riqueza (varias nurses), la higiene (guardapolvos
blancos, techo de la cuna de plexi-glass), la condición, pese a todo humana,
de los reyes (el bebé llora), es decir todos los elementos contradictorios
del mito principesco, tal como lo consumimos en la actualidad. En este caso
se trata de valores apolíticos, y el léxico es rico y claro. Es posible (pero
esto no es más que una hipótesis) que por el contrario, la connotación política
esté la mayoría de las veces confiada al texto, en la medida en que las selecciones
políticas son siempre, por así decirlo, de mala fe: de determinada fotografía
puedo dar una lectura de derecha o una lectura de izquierda (ver en este sentido
una encuesta del I.F.O.P.***publicada por Les Temps modernes, 1955).
La denotación, o su apariencia, es una fuerza que no logra modificar las opciones políticas: nunca ninguna fotografía convenció o desmintió a nadie (pero puede ), en la medida en que la conciencia política es tal vez inexistente fuera los logos: la política es lo que permite todos los lenguajes. Estas observaciones bosquejan una suerte de cuadro diferencial de las connotaciones fotográficas; en todo caso, puede verse que la connotación llega muy lejos. ¿Significa esto que sea imposible una pura denotación, un más acá del lenguaje? Si existe, no es tal vez a nivel de lo que el lenguaje corriente llama lo insignificante, lo neutro, lo objetivo, sino más bien a nivel de las imágenes propiamente traumáticas: el trauma es precisamente lo que suspende el lenguaje y bloquea la significación. Es cierto que en un proceso de significación fotográfica pueden captarse situaciones normalmente traumáticas; lo que sucede es que precisamente en ese momento son señaladas a través de un código retórico que las distancia, las sublima, las aplaca. Son raras las fotografías propiamente traumáticas, pues en fotografía el trauma es enteramente tributario de la certeza de que la escena tuvo realmente lugar: era necesario que el fotógrafo estuviese allí (definición mítica de la denotación) (***Instituto Francés de la Opinión Pública. [N. del T.]; pero una vez sentado esto (que a decir verdad ya es una connotación), la fotografía traumática (incendios, naufragios, catástrofes, muertes violentas captadas es aquella de la cual no hay nada que decir: la foto-choque es por estructura insignificante: ningún valor, ningún saber, en última instancia ninguna categorización verbal pueden influir en el proceso institucional de la significación. Podría entonces imaginarse una suerte de ley: cuanto más directo es el trauma, tanto más difícil la connotación; o bien, el efecto de una fotografía es inversamente proporcional a su efecto traumático. ¿Por qué? lo que sin duda sucede es que, como toda significación bien estructurada, la connotación fotográfica es una actividad institucional. A nivel de la sociedad total, su función es integrar al hombre, es decir, tranquilizarlo. todo código es a la vez arbitrario y racional y recurrir a un código es para el hombre un modo de comprobarse, de probarse a través de una razón y una libertad. En este sentido, es posible que el análisis de los códigos permita definir históricamente una sociedad con mayor seguridad y facilidad que el análisis de sus significados, pues éstos pueden aparecer a menudo como trans-históricos, pertenecientes a un fondo antropológico más que a una historia verdadera: Hegel definió mejor a los antiguos griegos cuando esbozó la manera como significaban la naturaleza, que cuando describió el conjunto de sus referidas a este tema. Del mismo modo quizás haya algo más útil que hacer directamente el recuento de los contenidos ideológicos de nuestro tiempo, pues al tratar de reconstituir en su estructura específica de connotación de una comunicación tan amplia como lo es la fotografía periodística, podemos esperar encontrar, en su fineza misma, las formas que nuestra sociedad utiliza para tranquilizarse, y captar así la medida, los rodeos y la función profunda de este esfuerzo. La perspectiva es tanto más atractiva, como dijimos al comienzo, cuanto que en lo relativo a la fotografía, se desarrolla bajo la forma de una paradoja: la que hace de un objeto inerte un lenguaje y transforma la incultura de un arte, en la más social de las instituciones.