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Sólo parece
posible la correcta aplicación del término postmodernismo
en su pleno sentido cuando hablamos de la dimensión social del extenso
espacio de heterogeneidades y sincronías, de préstamos, de
transferencias y migraciones de lenguaje que caracteriza la creación
artística reciente. Es decir, cuando ésta se convierte en
reflexión crítica sobre los factores y procesos que determinan
cómo el arte recibe su definición dentro de la cultura.
Por ello, la práctica
apropiacionista postmoderna no puede ser entendida simplemente como una
frívola y acrítica estética referencial e historicista,
comprometida exclusivamente con la búsqueda del placer de un lenguaje
diferido, desplazado en el tiempo. No es el concepto de transmisión
de las imágenes, estilos y pautas estéticas a través
del tiempo el que opera aquí sino, sobre todo, el de su reubicación
contextual. Y ésta orienta inevitablemente la reflexión
sobre el arte hacia las esferas de lo social y de lo político.
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