| TATSUO
MIYAJIMA. Counter me on
Como en obras anteriores, en la nueva serie que denomina con el ambiguo y sugerente título Counter me on, un juego de palabras a caballo entre la inacabada expresión "Contradecirme acerca de" y la combinación de los términos "Contador" e "Inexistencia" (del griego mé on) las referencias principales siguen netamente relacionadas con la filosofía budista, tanto la permanencia del cambio continuo como fulgor vital, como la conciencia de la muerte como elemento de eterna repetición. La serie, compuesta por parejas de contadores luminosos de distinto tamaño y color, en los que aparece una numeración descendente desde el 9 al 1 que se repite una y otra vez con intervalos de cambio diferentes en cada una de ellos, nos sitúa en una tediosa e inacabable espera. El número cero, eliminado en la sucesión numérica y sustituido por un intervalo de ausencia de luz en el que el diodo permanece apagado, parece insistir nuevamente en los valores místicos del vacío, o, más bien, en lo que la palabra Ku en la filosofía budista representaría como contenedor del ciclo continuo de vida y muerte. La contraposición en color, tamaño y ritmo entre cada uno de los dos contadores electrónicos que conforman cada obra de la serie se anuncia, sin embargo, como una suerte de paradójica complementariedad. Se trataría, quizás, del eco de un diálogo que al fin y al cabo no deja lugar a dudas: el número dos como el primer movimiento del uno en el acto de intentar conocerse a sí mismo. Un diálogo que se halla en esta serie derivado hacia uno más importante, establecido entre la obra en su conjunto y el propio espectador. De hecho, la imagen del que observa la obra es reflejada por los paneles de espejo sobre los que están situados los contadores luminosos, entremezclándose con el desacompasado descenso numérico en interminable continuidad y repetición. Por tanto, si bien la presencia del número, fundamental en la obra de Miyajima, remite a su naturaleza más esencial (recordemos que según Randall Collins los números "son primordialmente la actividad de contar") sus efectos no dejan de remitir a un cierto impulso de atención y consideración por el otro, recuperándose de esta forma los valores propios de la que es quizá la más originaria experiencia de las matemáticas y de la necesidad de formulación numérica: la expresión de un reconocimiento de deuda entre dos personas. Esta gramática de encuentros entre dos piezas, dos formas de brillar (alusión inevitable a la otredad y al destello vital) y diferentes tiempos en el trasfondo de la propia presencia humana, dirige nuevamente las referencias de Miyajima a un concepto de tiempo en ningún caso mensurable en sí mismo, carente de independencia o ser propio. Una idea de tiempo relativo, no existente de manera absoluta, que, en la óptica budista, sólo podría concebirse como algo que vive en nosotros, completamente unido a los seres y a la acción del vivir. De todo ello, que en las obras de Miyajima se halle una intensa reclamación de una experiencia de vida distinta a la que la formalización cuantitativa de la medida del tiempo nos ha forzado, una negación, por tanto, del trágico mecanismo que permite que el concepto "tiempo" en la cultura occidental sirva para medir, en realidad, a los seres humanos. Un rechazo, así, de la cuantificación o matematización de la medida del tiempo, relativizada fríamente en la obra de Miyajima mediante la acumulación de retarnos y asincronías en el descenso numérico de las diferentes piezas de la serie, cuyo ritmo es marcado por el parpadeo del cambiante diodo luminoso (no olvidemos que para el budismo la que podríamos pensar enorme separación temporal entre el inicio y el final del universo corresponde a la idea de kalpa, término que también designa al parpadeo del ojo de Buda, es decir, un tiempo inaprensible, en ningún caso mensurable).
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