UN
CUARTO PROPIO CONECTADO.
Feminismo y creación desde la
esfera público-privada online
Remedios Zafra, Universidad
de Sevilla, rzafra@2-red.net
Escritora, profesora de Arte y Ciberfeminismo en la Universidad de Sevilla
y directora de “Equisceroyuno, plataforma para la investigación y la producción
artística sobre identidad y cultura de redes”. Actualmente trabaja en el
proyecto de investigación “Género y Ciberespacio desde el arte y la
representación visual" y acaba de publicar su último ensayo titulado: “Un
cuarto propio conectado. (Ciber)Espacio y (auto)gestión del yo” (Fórcola, Madrid, 2010).
RESUMEN
Apoyándose en la reapropiación crítica de un cuarto propio (Virginia Woolf, 1929)
y contextualizándolo en la actual cultura Red, este artículo se pregunta por la
vigencia feminista y la redefinición de los espacios privados convertidos en
nodos de relación y trabajo inmaterial en una sociedad conectada a Internet. Bajo
la hipótesis de que dicho espacio en red conforma un nuevo escenario
público-privado para la reflexión ciberfeminista, este trabajo se propone
indagar en las condiciones y posibilidades de emancipación y construcción
subjetiva en el hogar conectado, las consecuencias de las formas de prosumición y producción online desde
los espacios de intimidad y la redefinición de las nuevas esferas productivas
-también esferas de valor- antes separadas y significadas en función de las
actividades que le eran propias y del género de quienes las desarrollaban. Se trataría,
por tanto, de un ejercicio de especulación sobre “quiénes” y bajo “qué”
condiciones podemos construir creativamente y de manera emancipadora en
nuestros espacios y tiempos propios, situando y contextualizando nuestro
discurso en un marco de continuidad y crítica ciberfeminista.
PALABRAS CLAVE:
Cuarto propio,
Ciberfeminismo, Internet, esferas pública y privada, trabajo online,
subjetividad, imaginario, espacio doméstico, creación, prosumición, do it yourself, tiempo propio.

It is
necessary to have five hundred pounds a year and a room of one’s own (…). Virginia Woolf (A room of
one’s own)
Yo no tengo garaje, pero tengo un
cuarto propio conectado.
Laura Bey (Mi vida en la primera IP)
Umbral: entre el “cuarto
propio” y el cuarto propio “conectado”
Desde comienzos del s. XX, una habitación propia [a room of one’s own,
Virginia Woolf] ha sido objeto de especulación y reivindicación política
feminista, símbolo de emancipación para las mujeres creadoras a quien Woolf
dirigía su emblemática reflexión hacia 1929. Un cuarto propio y una cantidad económica anual, decía la
escritora, eran condiciones necesarias para que una mujer pudiera dedicarse de
manera autónoma a la creación a principios de siglo, para disponer y gestionar
un tiempo propio, como efecto, para la concentración y el desarrollo de un
trabajo creativo. Un espacio que, además, permitía subvertir el contexto
patriarcal desde adentro (neutralizar el ojo que vigila).
El ejercicio que propongo en el texto que sigue, se apoya en la
reapropiación de este cuarto propio
[tradicionalmente identificado como parte de la esfera privada] para
contextualizarlo en la actual cultura Red, convirtiéndolo en un cuarto propio conectado a Internet,
constitutivo por tanto del espacio público online.
La intención será preguntarnos sobre las condiciones que tanto para la
subjetividad creadora como para la creación de imaginario a través de las
pantallas, suscita este nuevo escenario biopolítico[1].
Un escenario que marca cada vez más nuestras relaciones laborales y afectivas
con los otros, pero que además rearticula la gestión de nuestros tiempos
propios y nuestra producción creativa frente al ordenador. Me refiero no solamente
a una práctica profesional, sino también a la que se deriva de la autogestión de
nuestra vida virtual (por ejemplo, en: redes sociales, blogs, e-mails, bases de
registro y visualización de datos y metaversos, entre otros, contextos online).
Una primera cuestión, sería observar cómo para los creadores
contemporáneos[2],
la construcción de esta nueva esfera donde converge lo privado y lo público se
apoya, no sólo en las oportunidades que brinda la relación espacio-tiempo del sistema red, así
como la puesta en común del conocimiento y de las herramientas de
producción, sino que también se vale de la
apertura de los espacios de recepción, distribución y promoción. Cabe señalar
que estos contextos se basan, cada vez más, en vínculos no institucionalizados
y apoyados en distintas formas de network que hablarían de nuevas maneras de
colectividad, más fluidas y diversificadas (miles de personas distanciadas
físicamente y unidas en una pantalla). Como efecto, caracterizadas por vínculos
más ligeros -como la amistad, la afición o los proyectos compartidos- y en gran
medida, diferenciadas de aquellas otros que caracterizaron otras formas de
construcción identitaria y asociación colectiva antes de Internet, como las
derivadas de vínculos políticos, ideológicos y morales.
Por otro lado, no podemos obviar que el espacio privado desde el que nos
conectamos a Internet operaría como centro de operaciones de nuestro network y
de nuestra vida online, en consecuencia, también como laboratorio o estudio. El
cuarto propio sería, en este sentido, una explosión de versatilidad, un
potencial escenario de juego donde por fin podríamos convertir afición en
trabajo; allí donde surgen nuevas oportunidades respecto a los sistemas
disciplinares de producción y difusión creativa, frente a los que el hogar se
posiciona como el más contemporáneo territorio de experimentación digital. En esta
línea, no es baladí la comparación que Laura Bey establece con los garajes
pre-Silicon Valley, aludiendo a su revolucionaria aportación en el trabajo
tecnológico. Si bien es cierto que en el caso del cuarto propio conectado, la práctica tecnológica se orienta
eminentemente al trabajo y la producción inmaterial pero, sin embargo, su
potencia emancipadora es mayor, ya que a diferencia de la tradición
masculinizadora del trabajo en los garajes, el cuarto propio conectado se
posiciona ecuánime para todos.
Quisiera, a partir de esta primera aproximación al cuarto propio conectado, como espacio para la relación
intersubjetiva y para la experimentación, sugerir cuáles son algunas de las
condiciones, posibilidades y dificultades para el trabajo creativo digital de
las mujeres en este escenario público-privado online. Asimismo, me interesará
esbozar qué aportaciones singulares vislumbramos como “potencia” política
feminista en el cuarto propio conectado.
La estructura que para ello les propongo es una suerte de líneas de fuga que permiten
ser leídas, no como un discurso lineal que concluye y aparenta sentenciar una
verdad, sino como esas notas periféricas que abren nuevos interrogantes y
divergencias. Líneas de fuga inacabadas que requieren de la complicidad del
lector/a para culminar lo sugerido con una asociación significativa propia.
#cuarto propio conectado
-entre la producción y el consumo- / do it yourself
Un
cuarto propio forma parte de una casa
y como tal, la casa ha sido tradicionalmente feminizada e identificada con las
mujeres por las actividades que social, cultural y económicamente las
supeditaban al cuidado de la familia y a la crianza de los hijos. Las lecturas
sobre el mundo doméstico, la vida privada y las historias afectivas, políticas
y económicas que en dicho lugar acontecían, no han tenido tradicionalmente un
valor productivo ni de prestigio, más allá de inspirar diversos mitos
culturales sobre las mujeres y asentar su papel en la reproducción, y no
en la producción de conocimiento. Los espacios privados lo han sido
durante mucho tiempo para enmudecer sobre ellos.
Como célula diferencial en el espacio privado, la de la habitación propia
con la casa es una relación paradójica, rebelándose contra la minusvaloración
dada al conjunto. Ésta al menos es la tesis propuesta por Virginia Woolf, al
reivindicar que la estructura y distribución de todo espacio vital es ya un
condicionante que asigna a determinadas personas, determinadas ocupaciones y,
por consiguiente, distintas expectativas y posibilidades de ser en la
vida. La posibilidad de apropiarse del espacio privado e íntimo para una
redistribución de su uso sería, en consecuencia, una acción de importante
calado político; una acción que reordena el valor y significado dado
socialmente a estos espacios. En este entramado relacional, la habitación
propia demandada por Woolf, siendo un espacio privado, funcionaría también como
un lugar donde “pensar” y construir lo público, en tanto espacio de estudio y
concentración.
De
otro lado, la tradicional consideración doméstica y feminizada del hogar ha
llevado implícita un grado de minusvaloración en oposición a lo público. De
hecho, la dicotomía doméstico-público tiende a reproducir problemas ligados al
concepto de “prestigio masculino”, apoyándose en la idea de que un espacio (el
público-remunerado) contiene al otro (doméstico y sumiso) y que este último es
una esfera aislada de la social. Para el feminismo más reciente reflexionar
sobre los sistemas masculinos de prestigio[3]
es asunto crucial. Sherry Ortner y Harriet Whitehead han insistido
especialmente en ello, no ya como modo de enfrentar el sesgo masculino, sino
como modo de entender la construcción cultural del género. En esta línea,
deconstruir las asignaciones de valor ligadas a determinados espacios,
requeriría entrar en las concepciones que tenemos sobre el sistema que
compartimos; entrar en las actividades relacionadas con la producción y la
reproducción que establecen entre sí una asociación medios-fin y, muy
especialmente, con las formas de gestionar el tiempo.
No
obstante, cabe la duda de si esa asociación está siendo transgredida o
simplemente maquillada por los cambios emanados del trabajo inmaterial en los
espacios privados en red. Una primera lectura nos hablaría de la actual
convivencia de viejos y nuevos modelos de gestión del tiempo y el trabajo, que
derivan en habitaciones conectadas cada vez más inmersivas, como nodos del
trabajo inmaterial.
Convivencia,
la sugerida, que mantendría aún vivas herencias patriarcales. No olvidemos que
esta inmersión que sugerimos es efecto de la confluencia de trabajos antes
diferenciados por su lugar de ejecución. Trabajos hasta hace poco [y aún hoy]
llamados empleos cuando se ejercen fuera del hogar y conllevan una retribución
económica, frente al trabajo doméstico no remunerado y situado entre el consumo
y la producción económica. Unas y otras actividades son en la actualidad parte
del trabajo que todos los conectados/as realizamos en casa. A estas actividades
se suman las propias de una sociedad en red, como las derivadas del “do it
yourself” tan características del autodidactismo tecnológico (aprende a usar y crear tus propias
herramientas). Sin olvidar las que se desprenden de la prosumición[4]
y el mantenimiento de nuestros “yoes” digitales. Todo ello conforma un espacio
público-privado que dista de la imagen-cliché de espacio doméstico identificado,
aún hoy, como esfera privada.
Pero
quisiera profundizar algo más en esta cuestión y establecer una analogíaa entre
el trabajo doméstico y el trabajo virtual de prosumición. Para ello hemos de tener en cuenta que, por mucho
tiempo, el trabajo doméstico se situó en el corazón del consumo, y que las
aportaciones feministas enfatizaron la falta de neutralidad en la consideración
del vínculo entre el consumo y la producción, como fruto simultáneo de la
actividad económica capitalista. De igual manera, también se reclamó una
visibilización y revalorización de lo hecho entre las paredes de la casa: el
trabajo familiar, afectivo, de atención, cuidado y mantenimiento de las vidas
cercanas, sin ningún tipo de contraprestación salarial, salvo la que los mitos
y leyendas se han ocupado de reiterar como suficiente: pago con “amor”. Todavía
hoy el trabajo doméstico es un aspecto muy considerado del consumo, donde están
presentes la producción de bienes [comidas, tejidos, muebles – formas también
del do it yourself-] y servicios [limpieza, cuidado de niños, enfermos y
personas mayores]. Todas estas tareas de producción exigen una planificación:
compras, comidas, organización de ropas y logísticas necesarias para garantizar
el “tiempo propio” de quienes viven en una casa.
En
este sentido, advertimos una primera semejanza entre el trabajo doméstico y la prosumición. Una semejanza apoyada en la
aparente obsolescencia de la división conceptual entre producción, consumo y
distribución, y en su uso tendencioso para acentuar las relaciones de poder y
valor que camuflan las tareas enmarcadas en el ámbito del consumo doméstico y
digital. Vemos que ambas requieren un tiempo de producción y en ellas se apoyan
quienes sí realizan trabajos remunerados (y en ocasiones, extremadamente bien
remunerados). Sólo habríamos de pensar en quién hace qué en la Red; y quién y
de qué manera se beneficia de dicho trabajo. La imagen que podría acompañar
esta idea (advirtiendo que intenten contrarrestar su lectura maniqueísta) podría
venir representada por millones de jóvenes prosumidores alimentando sus yoes
digitales en redes sociales, frente a los creadores, por ejemplo, de YouTube,
Facebook, Google o Tuenti, chicos jóvenes y varones que hicieron de su
ordenador –y en muchos casos de su garaje- el centro de una empresa tecnológica,
cuyo valor no es tanto el dispositivo en sí, sino concebirlo como “espacio” que
logra congregar a millones de “yoes”. En el fondo, estas estructuras de
relación y vida online también nos hablan de formas de distribución de personas
y espacios, no exentas de significación.
Bajo
esta mirada, no es anecdótico comprobar cómo el valor y prestigio en la Red
sigue estando orientados a determinadas formas de producción y gestión tecnológica,
con una exigua presencia de mujeres, que siguen vinculadas al ámbito de la
mediación (atención al cliente y comunicación), el consumo y la prosumición.
Continuando
con el paralelismo entre trabajo doméstico y la prosumición observamos algunos otros matices en las distintas
versiones del “do it yourself” ya sugeridas. Para visualizarla, resultaría
sugerente pensar en una forma de vida propia de la actual generación de
conectados y constructores de cuartos propios; una filosofía que, en un gesto
no del todo paródico, podríamos llamar “Ikea”, y que basaríamos en la voluntad
de comprar una imagen de cuarto propio
amueblado, de la que se deriva la compra económica de los fragmentos e
instrucciones para construirlo tú mismo. Si relacionamos este trabajo con el
montaje y programación de nuestras propias herramientas a través de espacios
online autogestionados, las coincidencias no son triviales. Consumimos esos
productos pero también participamos en su producción, haciéndolos parcialmente
nosotros mismos, sin entrar en una relación de trabajo-capital, así como
también construimos nuestras redes sociales generando los contenidos que las
hacen valiosas. Este debate pondría de relieve que el trabajo adscrito al ámbito
del “consumo” tiene cada vez más implicaciones en el ámbito de la “producción”
y de su organización, pero también en formas de neutralización (por exceso y
saturación) de nuestra capacidad crítica y creativa respecto al mundo que
habitamos.
Esta
sería, sin duda, una de las cuestiones más relevantes sobre las que advierte el
cuarto propio conectado: la
confluencia de nuestras actividades en un espacio percibido como optimizador de
nuestro tiempo, que sin embargo nos exige cada vez una mayor y más significativa
cantidad de tiempo para producir lo que consumimos.
Claro
que hoy disponemos de más y mejor equipamiento tecnológico para gobernar la
producción digital mediante la disponibilidad de conocimiento compartido y
gratuito, técnicas y herramientas de software libre que nos permiten construir
fácilmente, incluso las estructuras digitales y redes en las que nos
relacionamos con otros. Pero allí donde la Red ofrece una mejor autogestión,
también añade su estrategia fatal (su distorsión por “exceso”). De manera que,
en la línea de los cajeros automáticos, las operadoras-máquinas que nos obligan
a pulsar teclas sin entenderlas, las gasolineras donde nos auto-administramos
combustible, los restaurantes de comida rápida, o los supermercados sin
dependientes, la red alcanza el súmmum de esa autogestión a través de una cada
vez más acaparadora y radical versión del “hágalo usted mismo”. Una tendencia
cuya cara positiva es indudable y nos hablaría de libertad, democratización,
horizontalización y superación de las barreras de los intermediarios, pero cuya
contrapartida supone una saturación de actividades que fagocitan cada vez más
tiempo propio y distancia crítica sobre lo que hacemos, esa distancia necesaria
para todo ejercicio emancipador.
#Volver/estar
en casa -el hogar conectado como lugar para la (auto)creación y el tiempo
propio-
En un principio,
pudiera llamar la atención esta idea de “vuelta a casa” en una época que dice
caracterizarse por el “exceso de movilidad” y la posibilidad de desplazamiento
constante. De hecho, lo que intentaré esbozar a continuación no es tanto una
sustitución y oscilación lineal entre estas dos tendencias, sino la convivencia
de ambas como características de un mundo globalizado.
En este sentido, en
las últimas décadas, hemos visto cómo todo lo relativo a la movilidad y la
fluidez de los individuos ha sido celebrado en distintas áreas de los Estudios
Culturales como forma derivada, e incluso promotora, del progreso. La
nomadología, la migración, el exilio y otras formas globalizadoras de
desplazamiento caracterizan una época reciente y aún la actual. También el nómada posmoderno ha sido elogiado
como acicate de formas híbridas y fluidas de la subjetividad. Hasta tal punto
que el movimiento se ha relacionado con el triunfo vital, con la posibilidad de
cambiar de espacio y con el logro de conocer muchos otros espacios (viajero
intercultural). En sus estudios sobre la recepción de los media en el hogar, Morley[5] relata como un famoso cantante de rock, afirmaba
pertenecer a la clase trabajadora porque, decía: de pequeño “nunca íbamos a
ninguna parte”. De forma que en la imposibilidad de viajar podríamos advertir
una característica diferenciadora y limitadora de su “poder ser”, en tanto “no
poder estar” en otros lugares.
Así, la posibilidad de
moverse –voluntariamente- ha sido considerada como seña de identidad
relacionada con aspiraciones y limitaciones sociales. No obstante, no se
trataría de “qué” tipo de movilidad se tiene, sino de “si” disponemos (o no)
del control sobre nuestra movilidad. Doreen Massey[6] se
refiere a este control hablando de una “geometría del poder” de la espacialidad
posmoderna, de la que deduce que la distribución desigual de las posibilidades
de movilidad de los individuos conlleva formas de exclusión social. Es en esta
línea, podríamos situar un primer punto de observación, identificando historias
y hándicaps distintos de aquellos que ahora “vuelven” a casa y de quienes
apenas acababan de salir para incorporarse al mercado laboral (como pasaría con
muchas mujeres en las últimas décadas). En este sentido, la versión más
emancipadora de un cuarto propio
conectado hablaría de un espacio al que se “vuelve”, es decir un espacio
donde se está voluntariamente, habiendo salido.
De otro lado, pensemos
que la conversión del lugar privado en espacio conectado suscita que el clásico
escenario de seguridad ontológica por excelencia se transforme, y lo hace en un
espacio aparentemente rupturista que nos lleva a otros lugares sin necesidad de
“estar” en ellos. Un espacio cargado de nuevos interrogantes sobre las
dinámicas de gestión y posibilidades de la movilidad. Esta posibilidad exige
que las lecturas sobre el control de nuestra movilidad no se ciñan
exclusivamente al espacio físico, sino que, hoy, requieren también pensarse en
el mundo online.
Tampoco resulta
trivial que este movimiento de “vuelta a casa” propiciado por Internet y las
formas de relación y trabajo inmaterial, ocurra análogamente a la puesta en
crisis de la movilidad por la vulnerabilidad a la que el desplazamiento veloz
expone a los cuerpos y al planeta -reverbera el miedo al accidente, atentado,
crisis, enfermedad globalizada o agente climático adverso-. Amenazas cada vez
más inciertas pero cuya posibilidad es, también, cada vez más “visible” en los
medios y en sus actuales dinámicas del gerundio. Me refiero a aquellas que
hegemonizan el valor de la velocidad y la instantaneidad del “ahora”, del
“importa, porque está pasando y lo estoy twitteando”.
Hay,
sin embargo, algo de paradójico en esta característica de época cuando la
situamos en el cuarto propio conectado.
Pues, si bien el cuarto propio en su conexión se vale de estas dinámicas del
gerundio y la vida online, es también un lugar transgresor donde habita la
posibilidad de neutralizar la simplificación a la que conduce la
velocidad. Me refiero a recuperar la
capacidad de “atención” y “concentración” viable en los espacios de intimidad.
Sólo con la concentración se puede enfrentar lo que autores como Benjamin
calificaron como recepción en estado de distracción (sobre la que basaba
el análisis de la subjetividad moderna), o lo que autores como Crary[7]
diagnostican como característica de la desintegración subjetiva de las últimas
décadas: “la deficiencia de la capacidad de atención”.
#Cuerpos localizados/protegidos ¿deconstruidos? en
el cuarto propio conectado
En el marco del hogar,
el cuarto propio conectado, nos hablaría de protección y de mayor fijeza
corporal, es decir, de respuesta ponderable ante la vulnerabilidad de un mundo
acelerado. Nos hablaría de la posibilidad de mantener a salvo el cuerpo-centro
de operaciones, alejado de la angustia de su fragmentación y muerte, allí donde
el “uno mismo” se siente aún dueño de su ser. Pero en el cuarto propio
conectado la visibilidad e implicación
en el afuera es viable y esta posibilidad es absolutamente transgresora. Tal
vez por ello, la ciencia ficción no ha escatimado imaginación para recrear
formas de conexión y protección del cuerpo, mientras algo externo –pero propio
y enlazado- es lo que entra en juego, representándonos. Películas como Matrix
o Avatar serían los ejemplos más evidentes de estas fórmulas. Allí donde
el aislamiento no deviene autismo (esta lectura sí estaría, sin embargo, en la
película Surrogates), sino formas de espacialización que permiten autonomía,
protección del cuerpo y optimización de tiempos y energías.
Claro que en la
actualidad, en sus facetas de ficción y no ficción, estas formas de
“desdoblamiento” que quieren salvaguardar al cuerpo coexisten aún con la
hipermovilidad posmoderna. Y lo hacen en un juego de tensiones compatible para
la vida globalizada. De hecho, resulta revelador que el “estar en casa, estando
afuera” sea hoy uno de los correlatos de época de esta hipermovilidad.
Sin embargo, para muchas artistas ciberfeministas la
posibilidad de “aplazamiento del cuerpo” tras la pantalla, también ha sido
interpretada como la oportunidad de deconstruirlo y, como efecto, (aspirar a) superar
los estatus del género. La idea parecía sencilla y revolucionaria: allí donde
lo material queda aplazado, podemos darnos forma a nosotras mismas. No cabe olvidar que el feminismo no tiene nostalgia
de un pasado de exclusión, y que es en los territorios de la representación y
la imaginación donde podemos idear “nuevas formas de ser”, “darnos forma” de
manera activa. Allí donde las herencias pueden ser deconstruidas y desvelada su
facticidad. Hablamos de territorios de la creatividad. El arte es, sin duda, un
territorio de representación, pero también lo es Internet. Así, no cabría
perder de vista que el mayor interés de estos territorios es que son espacios
facticios, espacios para la representación y la artificialidad, donde podemos
visibilizar, pero sobre todo hacer convivir, las contradicciones de la enunciación
y sus inestabilidades como proceso dinámico, cuando nos rebelamos contra la
identidad estereotipada.
Hoy, un
análisis más distanciado de estas proclamas nos advierten,
cuando menos, de un problema básico en
su formulación. Y es que si los cuerpos en tanto materiales no son trasladados
física y literalmente a la Red, sí lo son sus imágenes (cada vez más demandadas
como garantía de veracidad del otro). De forma que en las “imágenes del cuerpo”
y su simbolización cultural continúan perpetuándose las asignaciones
identitarias socioculturales, como tendencia tranquilizadora (ser quien se
espera que seas); pero también se perpetúan como tendencia hegemónica de los
imaginarios sostenidos por las herencias patriarcales y los renovados hijos del
capitalismo (aquellos que parecen alimentarse de la velocidad que anula el
tiempo para pensar y, como efecto, de la más banalizadora y homogeneizada
estetización).
Lo que, en todo caso, resulta innegable y sigue
siendo objeto de imaginación utópica es que se produce una discontinuidad entre
el cuerpo y la “imagen del cuerpo”. De manera que su intervención sigue siendo
viable. ¿Qué determinaría entonces que en nuestro cuarto propio conectado sigamos reiterando los modelos identitarios
convencionales? ¿Qué limitaría la imaginación de nuevas figuraciones que tanto
ha interesado a las artistas y ciberfeministas que trabajan sobre la red?
Creo que se trataría de un problema simultáneamente
sencillo y complicado que tiene que ver, de un lado, con la «voluntad» de
transgredir un modelo y, de otro, con la capacidad de construir «mirada
colectiva». Sencillo, porque a nadie pasa inadvertida la potencia y la falta de
inocencia de los imaginarios visuales que nos rodean, su valor en la creación,
asentamiento y reiteración de limitaciones identitarias en nuestras vidas. Y
complicado porque desprenderse de ellos no es cosa fácil, pues más allá de la
voluntad de «querer ser», la identidad social sigue existiendo en las miradas
de quienes nos construyen y nos identifican colectivamente. Como en todo pacto
simbólico, no basta con la voluntad individual de transgredir el pacto en las
pantallas o cara a cara. Un cambio simbólico precisa de una revolución
colectiva, enfatizo: colectiva; la ideación de nuevas figuraciones capaces de
inspirar y contagiar otros imaginarios posibles o revisar los clásicos; una
revolución que de manera necesaria exige la intervención profunda en las
industrias creadoras de imaginario y visualidad, la puesta a prueba de su
capacidad de contagio. En este sentido, Internet sigue siendo el mejor
instrumento para dicha tarea, pues disemina el poder de intervención y contagio
en cada uno de nuestros cuartos propios conectados.
#¿Por
qué no podemos entender la dimensión más emancipadora del cuarto propio
conectado sin acudir al arte y la creatividad?
Desde los primeros años de Internet hasta la
actualidad post-utópica que vivimos hoy, no pasa inadvertido el protagonismo
que las mujeres artistas y los contextos creativos han tenido en los debates
políticos sobre nuestra vida online, sobre cómo la Red modificaría las esferas
pública y privada, y cómo nos modificaría a nosotr*s mism*s.
Quisiera, a continuación, de un lado, contextualizar
cómo las artistas han sido pioneras en la lectura crítica y creativa de las
transformaciones (deseadas y posibles) de las esferas de vida y de la
construcción identitaria en Internet. De otro, apuntar la necesidad de incluir
la potencia creadora y la imaginación artística a la hora de repensar la
tradicional esfera privada y doméstica como un nuevo y emancipador escenario
público-privado en red.
En primer lugar, cabría recordar que la Red fue
desde los inicios de su socialización un territorio cargado de lecturas
utópicas para el feminismo y para las prácticas de representación. Como acicate
operó el hecho de que la representación identitaria es en la pantalla una
cuestión central, no solamente para los sistemas clasificatorios por hacer sino
para las prácticas cotidianas de autoconfiguración. Al optimismo utópico de los
primeros años contribuyó la herencia cyberpunk que recalcaba la
oportunidad de “no repetir” el mundo off-line, en el mundo en ciernes (online).
Fue una motivación durante los años noventa, tanto en el trabajo artístico,
como en la práctica feminista. Claro que nunca Internet fue un medio inocente y
neutral y esta alerta estuvo presente en la práctica creativa. Justamente
detrás de lo que en sus comienzos más entusiasmó de Internet:
desjerarquización, democratización, creatividad de la multitud, conectividad,
potencial imaginativo… aparecía su reverso, los correlatos de otras formas de
jerarquización y desigualdades que aplazaban constantemente la utopía, aunque
no la anulaban.
En esta línea,
en el arte propio de la Red hemos visto un interés activo por la deconstrucción
de las identidades y de los espacios [de sus asignaciones semánticas]. El
trabajo artístico feminista, y más concretamente el ciberfeminista (desde las VNS
Matrix, pasando por las Internacionales Ciberfeministas, las OBN, hasta
los nuevos colectivos e individualidades X0y1), se valieron de la
crítica a las lógicas lineales y excluyentes propias de los discursos
jerárquicos que, por otro lado, parecían tener en los lenguajes de la Red una
posibilidad de acción política sin precedentes. La práctica ciberfeminista se
caracterizó entonces por los continuos intentos de evitar inscripciones y
metodologías propias de una lógica logocéntrica del discurso, de lo que se
derivaba un constante rechazo a su autodefinición. El ciberfeminismo necesitaba
sortear las dificultades derivadas de las restricciones y herencias patriarcales
con actitudes creativas hacia el territorio Internet y hacia su propia
articulación feminista. Ya en los encuentros ciberfeministas del Hybrid Work
Space [Documenta de Kassel, 1997] se debatió esta cuestión. Lo que surgió
de estas discusiones fue un intento de definir el término por rechazo. De forma
que la definición se proponía como una propiedad emergente derivada de la
práctica, versátil ante los movimientos de deseo y acción[8];
una definición que más tenía que ver con una metodología, a medio camino entre
lo artístico y lo político y que, en todo caso, presumía de su fluidez y
afirmación como declaración de estrategias, objetivos y acciones. Esta cuestión
también fue evidenciada en los manifiestos ciberfeministas que se elaboraron
durante los noventa en contextos artísticos. En ellos coincidía el anuncio sin
complejos de un claro inconformismo con las restricciones conceptuales
tramposas. Por el contrario, se anunciaba que lo que “es” o “puede ser” un
feminismo siempre precisará al agente que se lo apropie para la acción política
y social más efectiva[9], además de
la solidaridad, antes que de la unidad, la homogeneización o el consenso previo
propios de identidades dogmáticas. En este sentido, no puede pasar
desapercibido que el entorno de gestación y debate ciberfeminista fuera también
propiciado por entornos artísticos, como la Documenta
X, pero también por los espacios privados conectados, allí donde no sólo
las artistas, sino muchas otras mujeres dedicadas a actividades diversas
creaban, dialogaban y hacían Red.
Hoy, sin
embargo, muchos afirman que la creatividad ciberfeminista fracasó en sus
proclamas sobre horizontalización y desmantelamiento de los estatus del cuerpo
y que poco puede hacer frente al fortalecimiento de una representación más que
nunca apoyada en lo real, y en sus herencias más conservadoras. Mi impresión,
sin embargo, es que toda tarea feminista que pretenda ser eficaz es paciente y
cotidiana; y que los momentos post-utópicos, como los que vivimos, son los que
requieren de un mayor ejercicio de alerta, creatividad e intervención crítica.
La actualidad
nos habla de nuevos escenarios público-privados para la práctica creativa, para
la construcción del yo y de los
otros. Apropiarnos de ellos resulta hoy crucial para retomar, con más convicción
sin cabe, la creación de imaginarios emancipadores frente a la cultura más homogeneizadora y
banal, pero también para nuestra propia construcción subjetiva en un mundo en
red.
Como productoras
en una era de redes, el reto más básico y por ello más crucial, ya no es sólo
la página o la pantalla en blanco, es también la recuperación (si alguna vez lo
tuvimos) o la creación de posibilidad de un tiempo en blanco, llamémosle mejor:
un “tiempo propio” cotidiano. Porque toda producción emancipadora que enfrente
los hándicaps de nuestros espacios e historias (también online) requiere de un
tiempo, una distancia reiterada para hacer y deshacer máscaras, para soñar
primero y para jugar a menudo, sea en el garaje o en el cuarto propio
conectado. Sólo en nuestro tiempo propio podemos encontrar la mejor
aproximación para configurar nuestro particular cuarto propio conectado,
para descubrir su verdadera potencia revolucionaria y, con seguridad, nuestra
propia potencia creativa.
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[1] Ver: FOUCAULT, M., Nacimiento de la biopolítica. Fondo de Cultura económica, 2007.
[2] Me refiero aquí tanto a quienes se dedican profesionalmente a la práctica artística, como a quienes en la actualidad se autoconfiguran como nuevos productoras culturales y profesionales de la creatividad en su sentido más amplio y cada vez más vinculado a la práctica digital online.
[3] ORTNER, Sherry y WHITEHEAD, Harriet, “Introduction: Accounting for Sexual Meanings” en ORTNER, S. y WHITEHEAD, H. [eds], Sexual Meanings: The Cultural Construcction of Gender and Sexuality. Cambridge University Press Cambridge, 1981.
[4] En
alusión a la actividad de la prosumición y al agente prosumidor: también
conocido como prosumer: acrónimo formado por la fusión original de las palabras
en inglés producer [productor] y consumer [consumidor]. Igualmente, se le
asocia a la fusión de las palabras en inglés professional [profesional] y
consumer [consumidor]. Se trata de un término utilizado en ámbitos muy
diferentes, desde la agricultura a la informática,
la industria o el mundo de la afición.
Actualmente el término se aplica en aquellos usuarios que fungen como canales
de comunicación humanos, lo que significa que al mismo tiempo de ser
consumidores, son a su vez productores de contenidos. Un prosumer no tiene
fines lucrativos, sólo participa en un mundo digital de intercambio de
información, tal es el caso del P2P, redes pares intercambiables. Incluso
existen en la Red páginas de tutoriales que instruyen a los usuarios a realizar
ciertas tareas con el fin de impulsar el desarrollo y producción en la web. La
palabra prosumer describe perfectamente a millones de participantes en la
revolución del Web 2.0, ya que son cada vez más las personas
involucradas que suben información a la Red y a su vez son consumidores de la
misma, creando así un abanico de información en todos los sentidos. Fuente: Wikipedia [Consulta: abril, 2010]
[5] Ver: CURRAN, A, MORLEY, D., WALKERDINE, V.
[comp.] Estudios culturales y
comunicación: análisis, producción y consumo cultural de políticas de identidad
y el posmodernismo, Paidós
Comunicación, Barcelona, 1998. ____ Televisión,
audiencias y estudios culturales. Amorrortu. Buenos Aires, 1996; MORLEY, D.
Y ROBINS, K., Spaces of identity. Global media, electronic landscapes, and
cultural boundaries. Routledge. Londres, 1995.
[6] Ver: MASSEY, D.B., For Space.
Sage, Londres, 2005; ------, Spatial
divisions of labor: Social structures and the geography of production.
Routledge, Nueva York, 1995; y
-------, Space, place, and
gender. University of Minnesota Press, Minneapolis, 1994.
[7] CRARY, J., Suspensiones de la percepción. Atención, espectáculo y cultura moderna.
Akal, Barcelona, 2008, p. 11.
[8] Ver: WILDING, Faith & CRITICAL ART
ENSEMBLE, "Notes on the Political Condition of Cyberfeminism",
www.obn.org/reading_room/writings/html/notes.html
[9] Ver: PATERSON, Nancy, "Cyberfeminism", www.internetfrauen.w4w.net/archiv/cyberfem.txt